¿Ha regresado Cuba a 1898?
Por Francisco J. Díaz Pou · 9 de julio de 2026
Durante casi cuatro siglos, Cuba permaneció bajo dominio español. Sin embargo, en 1895 la isla se convirtió en escenario de una nueva guerra, orientada a poner fin al control colonial. El conflicto culminó en 1898, tras la intervención de Estados Unidos, y dejó a la sociedad cubana en una situación de profunda devastación.
La guerra afectó de manera severa a todos los sectores económicos del país. Las distintas clases sociales quedaron arruinadas y la población sufrió una disminución considerable.
Antes del estallido de la contienda, la población estimada de la isla era de 1.8 millones de habitantes. A comienzos de 1899, un censo realizado por las autoridades estadounidenses registró apenas 1.57 millones, lo que evidencia el fuerte impacto demográfico del conflicto.
La mayoría de las muertes no ocurrió directamente en el campo de batalla, sino como resultado de epidemias asociadas a la política de Reconcentración impuesta por el Alto Mando español. Esta estrategia afectó dramáticamente a la población civil y agravó la crisis humanitaria que enfrentaba el país al concluir la guerra.
La industria azucarera, motor fundamental de la economía cubana durante el siglo XIX, sufrió un colapso severo como consecuencia directa de la guerra. En 1894, la producción había alcanzado 1.086 millones de toneladas métricas, pero la estrategia militar de los insurrectos consistió en atacar los principales instrumentos de riqueza colonial, en especial los ingenios azucareros. El objetivo era elevar los costos de la guerra para España y debilitar su capacidad de sostener el conflicto. Como resultado, la zafra de 1898, último año de la contienda, se redujo drásticamente a apenas 315,000 toneladas métricas, reflejando la magnitud de la destrucción económica.
A finales del siglo XIX, el sector ganadero cubano experimentó una contracción extrema como consecuencia de la Guerra de Independencia. En 1894, el país contaba con aproximadamente 2.486 millones de cabezas de ganado, pero el Censo de 1899 registró apenas 377 mil. Esta drástica reducción tuvo importantes repercusiones, afectando tanto las necesidades alimentarias de la población como la capacidad productiva del país. La escasez de carne, sumada a la ausencia de animales de tiro —en particular bueyes, esenciales para la agricultura—, obstaculizó la recuperación económica durante un periodo crítico. Reconociendo la urgencia de revitalizar el sector, el Gobierno Interventor norteamericano autorizó la importación de ganado y financió parte de estas compras en países cercanos, como México. Estas medidas tenían como objetivo acelerar la reconstrucción de la industria ganadera cubana y respaldar el proceso general de recuperación económica.
El desequilibrio económico generado por la guerra tuvo efectos profundos en la estructura de la propiedad en Cuba. La inexistencia de instituciones de crédito agrícola e industrial impidió que los productores locales accedieran al capital necesario para reactivar sus actividades, lo que agravó la ruina generalizada. En este contexto, grandes extensiones de tierra y numerosas propiedades urbanas pasaron a manos de quienes disponían de recursos líquidos, consolidando aún más la desigualdad. La incapacidad de los actores nacionales para reconstruir el tejido productivo facilitó la entrada de capital extranjero, que encontró un escenario propicio para adquirir activos estratégicos y asumir un papel determinante en la economía cubana durante las primeras décadas del siglo XX.
En la actualidad, la crítica situación de la economía cubana presenta una estrecha semejanza con la registrada hace más de un siglo y, en algunos ámbitos, muestra condiciones incluso más desfavorables. Por primera vez desde 1550, Cuba no solo ha dejado de exportar azúcar —producto básico de su economía durante siglos—, sino que tampoco es capaz de producir cantidades suficientes para satisfacer las necesidades de su propia población. El sector ganadero también muestra una marcada contracción. Las cifras oficiales publicadas en 2024 —antes de la profundización de la crisis actual— mostraban 2.913 millones de cabezas, cifra inferior a la reportada en 1908, cuando el país, con una población estimada de 2.130 millones de habitantes, contaba con 2.968 millones de cabezas.
En lo referente a artículos básicos de la alimentación, la caída de la producción ya era alarmante antes de 2025. Según cifras oficiales, en 2013 se produjeron 672,600 toneladas de arroz cáscara húmedo, mientras que en 2024 la producción descendió a 100,477 toneladas, lo que representa una contracción del 85%. En el caso del frijol, en 2013 se cosecharon 129,800 toneladas, pero en 2024 la cifra se redujo a apenas 26,188 toneladas, equivalente a una caída del 80%. Estos datos evidencian un deterioro sostenido de la producción agrícola, anterior incluso al déficit energético que afecta actualmente al país. En consecuencia, la crisis alimentaria en Cuba no es un fenómeno reciente, sino el resultado de un proceso prolongado de debilitamiento del sector productivo.
En el ámbito financiero, Cuba enfrenta un elevado endeudamiento externo y mantiene un historial irregular en el cumplimiento de sus obligaciones. Según cifras oficiales, al 31 de diciembre de 2024 la deuda externa soberana ascendía a 29,800 millones de dólares, pese a que entre 2011 y 2015 acreedores como China, México, Rusia y el Club de París le condonaron 46,341 millones. En contraste, en 1958 la deuda externa del gobierno de la República de Cuba rondaba los 50 millones de dólares y el peso cubano se cotizaba libremente a la par del dólar. En América Latina y el Caribe, solo Cuba, Guatemala y la República Dominicana gozaban entonces de una solidez monetaria comparable. Además, durante la crisis de la deuda externa latinoamericana de la década de 1980, Fidel Castro criticó al Fondo Monetario Internacional, entidad que administró la solución de la crisis, e instó a los países deudores a incumplir sus obligaciones.
En 1948, el Banco Mundial señalaba que Cuba, junto con Argentina y Uruguay, figuraba entre los países que ofrecían la mejor calidad de vida a sus habitantes en la región.
Hoy, el deterioro económico del país es de tal magnitud que ya se refleja con claridad en las estadísticas regionales. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Cuba registra actualmente el ingreso nacional per cápita más bajo del hemisferio occidental.
Cuba, como ocurrió en 1898, se encuentra actualmente descapitalizada. Esta situación limita su capacidad para iniciar un proceso de reconstrucción económica de la magnitud que el país requiere.
Desde una perspectiva financiera, la recapitalización dependería principalmente de tres fuentes:
- el ahorro interno;
- la inversión extranjera directa;
- el financiamiento y la asistencia técnica de la banca de desarrollo internacional.
Sin embargo, como se ha señalado anteriormente, los altos niveles de endeudamiento y el historial irregular en el servicio de la deuda hacen poco probable que Cuba pueda obtener capital externo, a corto plazo, en condiciones razonables.
En el plano interno, la persistente inflación ha reducido de manera drástica la capacidad de ahorro de la población. La mayor parte de los ingresos se destina hoy a cubrir necesidades básicas de subsistencia, por lo que el ahorro interno es prácticamente inexistente.
La inversión extranjera directa es ampliamente reconocida como un componente fundamental para la recuperación y el crecimiento económico. Para que Cuba atraiga inversiones a la escala necesaria para una revitalización significativa, su marco legal debería equipararse al de otras naciones de la región y cumplir con los estándares establecidos por los bancos comerciales y de desarrollo.
La experiencia de las últimas seis décadas muestra que Cuba no ha logrado atraer volúmenes sustanciales de inversión extranjera directa, a diferencia de países como la República Dominicana, que se ha beneficiado de flujos de capital extranjero. Una de las principales razones es que el modelo económico cubano no está sustentado en un Estado de derecho capaz de ofrecer las garantías que exige la inversión extranjera.
La participación de la banca de desarrollo internacional constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier proceso de recapitalización económica. Estas instituciones son cruciales para proporcionar financiamiento, asistencia técnica y apoyo a los países que buscan reconstruir o fortalecer sus economías.
Cuba desempeñó un papel relevante en la configuración del nuevo orden económico internacional surgido tras la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Su apoyo al esfuerzo aliado le permitió formar parte de las discusiones que dieron origen a las principales instituciones económicas multilaterales de la posguerra.
En 1944, Cuba participó en la Conferencia de Bretton Woods, donde se sentaron las bases para la creación del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio. Estas instituciones han contribuido de manera decisiva a la expansión económica global durante las últimas ocho décadas.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) inició sus operaciones en diciembre de 1945, cuando 29 países, entre ellos Cuba, ratificaron el convenio que le dio origen. Esto demostró el compromiso de Cuba con la cooperación internacional durante ese periodo.
Antes de regresar a La Habana para presidir el Banco Nacional de Cuba, creado en 1950 como banco central del país, Felipe Pazos fue jefe de la División Latinoamericana del Departamento de Investigaciones del FMI. Ocupó la presidencia del Banco Nacional entre 1950 y 1952, y volvió a ejercer ese cargo en 1959. Sin embargo, en octubre de ese mismo año presentó su renuncia.
Tras la renuncia de Pazos, Fidel Castro nombró presidente del Banco Nacional de Cuba al aventurero argentino Ernesto Guevara, quien se había unido a su grupo en México y lo acompañó en el viaje del yate Granma en 1956.
A partir de ese nombramiento, se aceleró el establecimiento de vínculos políticos y económicos con la URSS y el bloque socialista. Al mismo tiempo, Castro decidió que Cuba no participaría en la creación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y retiró a Cuba del FMI y del Banco Mundial.
En su intento por fortalecer las relaciones con la Unión Soviética, Fidel Castro adoptó una postura similar a la de Joseph Stalin. Aunque la URSS participó en la Conferencia de Bretton Woods, Stalin rechazó la incorporación del bloque soviético al FMI y al Banco Mundial. Esta decisión se fundamentó en la preocupación de que la integración con estas instituciones fomentara la interdependencia económica con los antiguos aliados de guerra, lo que limitaría el control absoluto que Stalin ejercía sobre su país.
Cuba es el único país del hemisferio occidental que no ha participado en el desarrollo económico y social impulsado por la banca de desarrollo internacional durante las últimas seis décadas en la región.
Este persistente aislamiento no fue meramente casual: fue consecuencia directa de una decisión política deliberada de los hermanos Castro. Motivadas por temores similares a los de Stalin, creían que desarrollar relaciones con instituciones financieras internacionales comprometería la autoridad absoluta que ejercían sobre Cuba.
La crisis que enfrenta Cuba hoy es, a todas luces, incluso más grave que la que sufrió la nación tras el fin del dominio español en 1898. Los desafíos que confronta el país impactan profundamente tanto la infraestructura material como el tejido espiritual de la sociedad. Resulta difícil sostener que el mismo liderazgo responsable del agotamiento de los recursos nacionales y el debilitamiento de sus instituciones durante las últimas seis décadas esté ahora capacitado para supervisar la monumental tarea de la reconstrucción nacional. El largo periodo de mala gestión y deterioro ha dejado profundas cicatrices, lo que hace que la perspectiva de recuperación bajo el mismo liderazgo sea sumamente cuestionable.