La etapa de los ajustes estructurales en la industria azucarera cubana
Por Francisco Díaz Pou · 20 de julio de 2025
La expansión iniciada a principios del siglo pasado creó una industria en la que los centrales pequeños y medianos —muchos de ellos fundados en el siglo XIX— se congregaban en las provincias occidentales y el centro del país. Los grandes y modernos centrales se ubicaban principalmente en las antiguas provincias de Camagüey y Oriente. En esta fase expansiva de la industria se intensificó el desarrollo del latifundismo y la utilización de obreros agrícolas provenientes de Jamaica y Haití, primariamente en la región oriental del país. En las provincias occidentales y del centro, el central se abastecía principalmente de la caña de azúcar del pequeño y mediano agricultor, el colono. Además, los centrales cubrían una parte de sus necesidades de materia prima en todo el territorio nacional por medio del cultivo directo, la llamada caña de administración.
El año 1927 señaló el fin de la expansión acelerada de la industria azucarera iniciada a principios del siglo XX. Como se ha indicado en artículos anteriores, hubo múltiples elementos que contribuyeron a ese declive. En lo externo, la caída de los precios en los mercados internacionales, unida a la disminución de la demanda y a las restricciones arancelarias impuestas al azúcar cubano, contribuyó a un decrecimiento progresivo de la producción nacional por varios años.
Estas circunstancias incrementaron las tensiones socioeconómicas que ya estaban presentes en el modelo monoproductor que el país había adoptado plenamente al surgir como república independiente. La crisis económica produjo un aumento en los niveles de inestabilidad política que ocasionó la transferencia violenta del poder político a una nueva generación de dirigentes.
Ramiro Guerra —considerado por muchos historiadores cubanos como la figura eminente entre ellos— publicó en Diario de la Marina, de La Habana, una serie de 21 artículos en los meses de mayo a agosto de 1927 que de inmediato fueron recogidos en el clásico estudio de la realidad azucarera de ese tiempo, Azúcar y población en las Antillas1. Más que una denuncia de los elementos que contribuyeron a la crisis de la industria azucarera —y, por ende, del país—, su libro los analiza profundamente, y sus ideas contribuyeron a las extensas reformas que se incorporaron al sector azucarero y a la agricultura en general en la década siguiente.
La política de los gobiernos cubanos desde el inicio de las dificultades por las que atravesaba la industria después del crack bancario de 1920 fue garantizar la operación de los ingenios pequeños y medianos para evitar una crisis social de grandes proporciones. La Comisión de Asuntos Cubanos de la Foreign Policy Association, en su reporte de 1935, observaba: «La razón fundamental para mantener en actividad todos los centrales existentes, al menos durante un período de transición, está en salvar a gran parte de la población cubana de la miseria»2.
Al final de la expansión de la industria azucarera, el Gobierno cubano tomó una serie de medidas para disminuir el exceso de inventarios que deprimía los precios en el mercado internacional. Se eliminaron las llamadas «zafras libres» y se impuso un régimen de cuotas de producción para los ingenios. Por supuesto, esta medida redujo el volumen de cañas aportado a los centrales. El Gobierno tuvo que enfrentar la disyuntiva de rebajar las cuotas proporcionalmente —con lo que muchos ingenios pequeños desaparecerían— o imponer una producción mínima de 60.000 sacos de 325 libras por cada zafra, ajustando el volumen de producción de los grandes centrales. Al optar por la producción mínima se evitó la desaparición de muchos centrales y sus zonas agrícolas, y se mantuvo la industria azucarera distribuida por todo el país3.
La Ley de Coordinación Azucarera
La Ley de Coordinación Azucarera fue aprobada por el Congreso cubano el 2 de septiembre de 1937, dando inicio a una vasta reorganización de la industria azucarera. El objetivo de esta legislación fue establecer una amplia coordinación entre los sectores industrial y agrícola y entre estos y el laboral. Además, incorporó el llamado «derecho de permanencia», que otorgaba el disfrute permanente de la tierra a los agricultores que entregaban sus cañas a los centrales. Este derecho transformó el concepto de propiedad y tenencia de la tierra en Cuba y le dio un alto grado de estabilidad a la industria al fortalecerse la pequeña y mediana empresa rural4.
El «derecho de permanencia» otorgado a los colonos sobre la tierra que laboraban los obligaba a mantener suficientes tierras sembradas de caña para cubrir su cuota de producción y a mantener los cañaverales bien cultivados. Además, debían cumplir con las obligaciones financieras contraídas con los dueños de la tierra, en caso de no poseerla, de acuerdo con lo prescrito por la Ley de Coordinación Azucarera, que regulaba este tipo de relación contractual entre los dueños de la tierra y los colonos.
El cultivo de la caña de azúcar requiere varios años de inversión y atención por parte del agricultor antes de que se obtenga la compensación monetaria por el esfuerzo realizado. La permanencia otorgó a los agricultores la estabilidad requerida para aumentar la calidad de sus esfuerzos e inversiones, lo que a mediano y largo plazo produjo un incremento en la riqueza del país. Esta ley hizo posible el asentamiento con carácter permanente de las 25.000 a 30.000 familias dedicadas al cultivo de la caña que, sin ninguna inversión, pudieron convertirse en pequeños y medianos empresarios agropecuarios. El reporte de la Foreign Policy Association antes mencionado hizo un acertado resumen de la importancia de los colonos: «El desenvolvimiento social y político de Cuba, en grado no menor que su bienestar económico, depende de la supervivencia y el progreso del sistema de colonos»5.
La Ley reguló los jornales agrícolas e industriales relacionándolos directamente con el precio del azúcar. Las labores denominadas de corte y alza eran realizadas por los macheteros en el mismo cañaveral; el tiro lo realizaba el carretero al transportar la caña desde el cañaveral hasta el centro de transbordo (chucho) o directamente al central. En el caso de los jornales industriales, debido a las distintas tareas a realizar en el proceso de manufactura y al grado de nivel técnico de las mismas, sólo se estableció un salario mínimo vinculado al precio del azúcar.
El Instituto Cubano de Estabilización del Azúcar (ICEA)
El ICEA había sido creado en 1931 y tenía como función principal la representación oficial de los intereses azucareros del país en el Convenio Internacional de Bruselas. La regulación de las exportaciones de azúcar estaba a cargo de otra entidad, la Corporación Exportadora Nacional de Azúcar, creada meses antes. En enero de 1936 el Gobierno emitió un decreto-ley transfiriendo al ICEA las funciones de la Corporación Exportadora al vencerse el término de existencia de la misma.
Al reorganizar el ICEA en 1936 se creó una estructura interna diferente. La nueva directiva estaba compuesta por doce hacendados, seis colonos y un delegado del Gobierno, que actuaría como su director general. Anteriormente, el ICEA estaba integrado por cinco hacendados y dos colonos. Esta modificación de la organización reflejaba la ascendencia del sector agrícola dentro de la industria. Todos los miembros eran propuestos por las asociaciones de hacendados y colonos y designados por el presidente de la República.
En los años siguientes, el ICEA se convirtió en el instrumento utilizado por los diferentes factores de la producción para elaborar políticas a corto y mediano plazo empleadas en la administración de la industria, que tanto el Poder Ejecutivo como el Legislativo implementarían. Además de ser el órgano oficial, se convirtió en un foro de discusión y análisis usado por los diferentes elementos que integraban la industria azucarera cubana.
La cuarta década del siglo XX concluyó con una industria azucarera que emergía de una crisis sin precedentes con un nuevo modelo operativo que comenzaba a reconstruir la industria. El inicio de la II Guerra Mundial alteró los mercados internacionales, provocando un reajuste drástico tanto de las capacidades productivas de ciertas regiones del planeta como de los hábitos de consumo de la mayoría de los países. Estos fueron parte de los retos que la reformada industria azucarera cubana tuvo que enfrentar.
El modelo operativo adoptado tomó en consideración los tres factores de la producción —industria, agricultura y trabajadores— y, a través de sus interlocutores, estableció un modus operandi eficiente que permitió tanto a la industria como al país cumplir con sus obligaciones internacionales y recuperar una posición destacada en lo económico y en lo político en un mundo sacudido por un conflicto mundial.
Notas
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