Por: Marcos Antonio Ramos
La política religiosa del régimen no debe atribuirse específicamente a los que serían designados para el Departamento de Asuntos Religiosos en el Partido Comunista, que, para 1960, comenzó a ser el único permitido en el país. Tampoco puede atribuirse a un alto funcionario en particular, sino a muchos de ellos, sobre todos los formados en el antiguo partido, fundado en 1925 como Partido Comunista de Cuba, afiliado a la Internacional Comunista. El Partido cambió de nombre a Partido Socialista Popular a partir de 1943. En los años sesenta se transformó en las ORI, es decir, Organizaciones Revolucionarias Integradas (1961), luego en Partido Unido de la Revolución Socialista (1963) y, finalmente, en Partido Comunista de Cuba (1965), único partido permitido en el país.
La historia de la lucha de la resistencia al régimen castrista, sobre todo desde 1960, incluiría a los más prominentes líderes juveniles católicos y a algunos protestantes notables. Convertir este recuento en una lista de personalidades requeriría un espacio demasiado largo. Nunca antes el liderazgo laico, con el apoyo de líderes eclesiásticos, había sido tan amplio e intenso en su oposición a un gobierno latinoamericano, pero nuestro tema principal será mostrar evidencias claras del fracaso de la política oficial hacia la religión.
En 1961, todas las escuelas privadas del país fueron confiscadas utilizando la palabra “nacionalización”. En el caso de los católicos, esos cientos de escuelas se extendían, como las protestantes, por todo el país. Algunas de ellas, como el Colegio Belén y las escuelas De La Salle, competían entre las mejores del país.
Debe mencionarse que la oposición a Batista en las escuelas católicas había sido casi tan importante como la de los estudiantes en la Universidad de La Habana. No importó para nada al gobierno la larga lista de nombres de estudiantes católicos que se opusieron a Batista. La lista sería mucho más larga en la resistencia al Gobierno Revolucionario. No puede hablarse de lucha contra el régimen castrista sin mencionar cifras altísimas de estudiantes católicos que se destacaron en esos intentos, decenas de los cuales fueron fusilados y centenares fueron víctimas del oprobioso sistema carcelario imperante en el país.
Después de la derrota del grupo expedicionario Brigada 2506 en abril de 1961, la represión contra actividades de las iglesias fue en aumento. Cientos de clérigos católicos fueron obligados a abandonar el país, incluyendo incluidos líderes de la jerarquía, como Monseñor Eduardo Boza Masvidal, y religiosos, entre ellos un alto número de monjas.
La represión a las procesiones religiosas en honor a la Virgen de la Caridad del Cobre en septiembre de 1961 fue un bochornoso anuncio de la nueva política religiosa hacia los católicos. Poco después ocurrirían hechos de esa naturaleza dirigidos a los protestantes, aunque no recibieron tanta cobertura en la prensa.
La primera gran ofensiva contra la práctica pública de la religión se dirigió básicamente contra el episcopado y el clero, extendiéndose a la Acción Católica. Con gran rapidez se logró reducir las misas y otras ceremonias al interior de los templos. Como señala Blas Roca en su trabajo, el régimen evitó cerrar los templos, pero su presentación de datos como exacta era claramente inexacta. A partir de 1962, las organizaciones de laicos católicos quedaron reducidas a la mínima expresión.
En gran parte, la política se dirigió a dificultar la práctica religiosa. Se organizaron actividades los domingos para evitar la asistencia a misa y, aunque se permitió la enseñanza del catecismo dentro de los templos, la participación de niños y jóvenes se redujo a cifras poco menos que insignificantes. La educación que recibían en las escuelas dificultaba su práctica religiosa hasta llegar, a veces, a extremos de adoctrinamiento constante.
Ya en 1962 era difícil para creyentes que se identificaran como tales ocupar posiciones como maestros o profesores. En los empleos de mayor importancia se iba reduciendo cada vez más el número de quienes se identificaban como católicos o protestantes. La admisión de nuevos estudiantes universitarios, o de algún nivel superior al secundario, resultaba prácticamente imposible, aunque se hicieron algunas excepciones.
Con un número de sacerdotes que escasamente sobrepasaba el centenar, era fácil estar informado sobre la expulsión masiva de los mismos, y la ausencia del clero extranjero, que permitía resolver la tradicional escasez de vocaciones sacerdotales cubanas, era cada día más evidente. Hasta 1961, la presencia de clérigos nacidos en España era apreciable; a partir de esa fecha se redujo considerablemente. Algunos sacerdotes misioneros canadienses pudieron continuar a cargo de parroquias, pero su número era insuficiente.
Por citar un ejemplo, dos o tres sacerdotes canadienses que lograron mantenerse en Colón realizando sus labores se vieron obligados a atender cuatro o cinco parroquias en la vasta región cuya cabecera era Colón, principal ciudad de gran parte de la provincia de Matanzas.
Se mantuvieron abiertos los seminarios para la educación de aspirantes a la ordenación en La Habana y Santiago de Cuba, pero la mayoría de los centros de formación de órdenes religiosas encontraban difícil su funcionamiento. El Seminario San Alberto Magno de Colón, a cargo de los padres de las misiones extranjeras de Canadá, se vio obligado a interrumpir las clases, y el local, contiguo al nacionalizado Colegio Félix Varela, se convirtió en centro de retiros a cargo de monjas, como las que atendían otra escuela contigua, el Colegio Inmaculada Concepción.
A duras penas se mantuvo la publicación de una hoja parroquial. El seminario “La Quincena”, de amplia distribución nacional hasta fines de 1961, dejó de funcionar, en parte por decisión arquidiocesana ante la imposibilidad de disponer de materiales de impresión. Se mantuvo una sola sección católica en la prensa, específicamente en el diario “El Mundo”. Toda la prensa nacional había sido nacionalizada. La programación radial y televisiva que utilizaba la Iglesia fue interrumpida por completo. No se continuó transmitiendo la misa dominical en los medios de comunicación.
La Iglesia Católica tuvo que suspender las procesiones religiosas en días especiales, como los dedicados a la Virgen de la Caridad del Cobre, Santa Bárbara, etc. No se lograba celebrar, fuera de los templos, festividades como la Navidad y la conmemoración de la Semana Santa. Cada día era más difícil obtener Biblias y casi todo tipo de material religioso, como libros, imágenes, estampitas de la Virgen María y santos rosarios. Durante mucho tiempo no se facilitaban materiales para reparar templos de las diversas confesiones.
Hasta entrada la década de 1980 prevaleció, hasta cierto punto, lo que en Europa Oriental se llamaba “la Iglesia del Silencio”. Las pastorales del Episcopado y las encíclicas papales solo recibían atención en ceremonias religiosas dentro de los templos. La influencia del nuncio apostólico Cesare Zacchi contribuyó a aliviar la situación y a obtener algunas concesiones, siempre que no se atacara la política oficial.
Algunos consideran que, durante la década de 1970, la asistencia a la misa católica dominical no llegaba a las cien mil personas en un país que avanzaba gradualmente hacia diez millones de habitantes.
Las clases altas del país emigraron masivamente hacia Estados Unidos, España y otros países a partir de 1960. Por lo tanto, la Iglesia había perdido la mayor parte de sus recaudaciones, situación agravada por la intervención de colegios. Sin embargo, el catolicismo no dejó de ser un factor importante, como lo demuestran las futuras actividades de Fidel Castro y algunos líderes que lograron atraer apoyo de los partidarios de la Teología de la Liberación y, posteriormente, consiguieron, a fines del siglo XX y principios del XXI, visitas papales que llevaron al gobierno a hacer concesiones.
Las conversaciones de Castro con el religioso brasileño conocido, sobre todo, como Frei Betto, y algunas reuniones internacionales ayudaron a flexibilizar en algo la política oficial, pero fue el trabajo de sacerdotes y religiosos cubanos, ayudados por laicos que permanecieron fieles a la Iglesia, lo que mantuvo la presencia del catolicismo en el país. Hay que señalar el apoyo recibido de entidades católicas internacionales como Cáritas, que se convirtió en un factor importante de ayuda, sobre todo después de la disolución de la Unión Soviética, que, hasta la década de 1980, mantenía en pie la economía cubana, aunque nunca alcanzó los niveles anteriores a 1959.
El gobierno se acercó al segundo cardenal designado para Cuba, Jaime Ortega Alamino, y contó con la colaboración del padre Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal, elevado al rango de monseñor. Pero tanto Ortega como el resto del Episcopado cubano iniciaron un proceso de proclamación de cartas pastorales señalando las limitaciones del sistema, de forma cuidadosa, pero fácil de interpretar. El catolicismo se renovaba.
Al llegar esta tercera década del siglo XXI, abundan los sacerdotes y laicos que enfrentan las restricciones todavía existentes y se oponen al sistema autoritario con el que se gobierna el país. Son casos que, al principio, eran aislados, pero se han ido extendiendo. La sociedad civil se ha ido manifestando en medio de un entorno de carencia casi absoluta de todo tipo de comodidades y de la ausencia de una alimentación adecuada.
Los edificios han ido cayendo, la infraestructura se ha ido inutilizando, la producción agrícola casi ha desaparecido en renglones específicos y el país ni siquiera cuenta con cifras presentables de producción mínima en industrias tan vitales como la azucarera. Esos temas están siendo atendidos en esta publicación, utilizando la experiencia y los conocimientos de economistas y otros especialistas.
Cada vez menos cubanos se inscriben en el Partido Comunista y en las organizaciones de masas, mientras un número relativamente alto de cubanos ha reiniciado su vida religiosa. Esa situación es, a veces, más visible en sectores de religiosidad popular y en la cada día más creciente y extendida actividad de las iglesias evangélicas o protestantes, así como en grupos con escasa feligresía en 1959, como los testigos de Jehová, que ya pueden exhibir, en algunas poblaciones del interior, cifras ahora comparables a las de grupos tradicionales.
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