Cuba y la religión, 1959‑2025: apuntes sobre un fracaso ideológico

La prensa ya no glorifica el régimen: su fracaso económico y el inesperado vigor religioso presagian un colapso total tras 66 años de gobierno castrista.

8–12 minutos

Por: Marcos Antonio Ramos

La prensa internacional, con excepciones muy escasas, ha dejado de glorificar “triunfos” y “avances” de la política oficial del régimen establecido en Cuba en 1959. Al menos no lo hace con la extensión y frecuencia utilizadas en otras épocas. Curiosamente, una mirada de cerca al panorama del fenómeno que nos ocupa en estos apuntes nos revelará asuntos que quizás hayan sido desatendidos. El fracaso económico y social de más de medio siglo no debe servir para ocultar otras situaciones.

Cuba ya presenta suficientes elementos para asegurar a los observadores imparciales acerca de la proximidad de una paralización en casi todos los aspectos fundamentales de la vida nacional. Enumerar las razones, por ser ellas tan evidentes, es prácticamente innecesario. Y a la paralización seguirá un caos absoluto, preludio y confirmación anticipada del derrumbe de todos los controles ejercidos en el experimento totalitario de 66 años.

Aún así, es posible distinguir señales que indican hacia un futuro diferente. A pesar de todas las medidas represivas y de los intentos por mostrar lo contrario, la comunidad religiosa, tanto en lo institucional como en lo numérico, ha sobrevivido casi siete décadas de un secularismo decadente. Solo la palabra fracaso caracteriza y define la política oficial hacia la religión en Cuba.

En diversos períodos se han formulado elogios y también acusación en relación con la política religiosa del régimen cubano. Pero casi siete décadas es mucho tiempo. Las visitas papales y la del reverendo Jesse Jackson, así como la proclamación de un “estado laico” en 1992, la “autorización” para celebrar públicamente la Navidad y algunas medidas adicionales, aquí y allá, han hecho que, hasta cierto punto, el espacio dedicado al tema haya sido dedicado a otro tipo de noticias.

En cuanto al entorno de las relaciones Iglesia/Estado, el mayor número de informaciones se ha concentrado casi exclusivamente en “concesiones” coyunturales y en reducir al mínimo el impacto que pudiera tener el ambiente religioso en el futuro del país. Utilizando el lenguaje bíblico, «el fin del discurso oído» es que la comunidad religiosa es hoy sumamente superior numéricamente y en actividad a la que una vez los castristas definieron como un “prometedor” proceso de reclutamiento del Partido Comunista, que todavía ejerce el poder en Cuba.

Como ya hemos dado a entender desde los inicios de este trabajo, si nos trasladamos a otros asuntos, resalta, sobre todo, el cada día más evidente fracaso económico de la revolución castrista. En 2025, y en décadas recientes, la población ha carecido literalmente de todo. A esto puede añadirse de manera especial la escandalosa ruina de la producción azucarera y de la agricultura en su totalidad.

Ante nosotros, ya en vísperas de que sea total la paralización del país, el más completo fracaso ya reconocido es la catástrofe económica representada por décadas de fidelismo, comunismo, revolución, o la designación que se prefiera. Los logros que se atribuían en el pasado en aspectos educativos y sanitarios son ahora mejor comprendidos y no coinciden con la propaganda oficial, pero ese desastre económico prevalece en muchas evaluaciones. Y es fácil comprenderlo.

No se trata de dirigir toda la atención a algún personaje encargado de supervisar o ejecutar las disposiciones oficiales al respecto. En nuestro caso, nos corresponde el religioso. El asunto va mucho más allá de todo eso. Para aproximarse al tema es necesario acudir a un recuento de lo acontecido. La situación de la religión y la política oficial hacia la misma no deben subestimarse.

El presente trabajo no pretende agotar el tema. Por espacio de décadas hemos escrito sobre el tema religioso en Cuba, pero prescindiremos de datos que se han ido acumulando y pasaremos por alto infinidad de detalles. Utilizar los materiales acumulados por el autor desde su entrada en el mundo académico en los años setenta del pasado siglo XX haría demasiado larga, y hasta innecesaria, esta presentación. Preferimos presentarla a modo de apuntes. No pretendemos mencionar todos los nombres, acontecimientos y situaciones, los cuales corresponden al nivel de amplio ensayo o de todo un libro.

La inspiración para este artículo procede de personas interesadas en la materia y se relaciona con un artículo, titulado «La lucha ideológica contra las sectas religiosas», publicado por Blas Roca (Francisco Calderío) en la revista Cuba Socialista en la edición de junio de 1953. El peso realidad del mismo recae sobre las llamadas “sectas” y no sobre el protestantismo histórico o el catolicismo, pero permite visualizar todo un mundo de ilusiones que no se convirtieron en enes.

No dudamos de la capacidad política del fallecido dirigente del Partido Comunista en sus diversos períodos (PC, URC, PSP y  PCC). Durante décadas, Roca logró mantener la actividad del partido contra viento y marea. Curiosamente, pudieran señalarse sus buenas relaciones de otras épocas con creyentes del espiritismo y otras manifestaciones compatibles con ese sistema de creencias en su nativo Manzanillo, pero su militancia ateísta aumentó después del triunfo de la revolución castrista en 1959.

Esa “lucha ideológica” parecía imparable al escribirse el artículo en cuestión. Utilizando varias investigaciones, puede afirmarse que la “lucha ideológica” terminó con un rotundo fracaso. Por citar un solo dato, nunca antes la asistencia a los templos, que llegó casi al mínimo en 1963, ha tenido por resultado, si lo queremos ver así, que haya más cubanos asistiendo a la misa católica, un crecimiento fenomenal del protestantismo y la difusión mayoritaria en algunos ambientes populares de una creencia religiosa sincrética a todo lo largo y ancho del país. Entremos, pues, en materia.

Antecedentes

Al ir tomando forma, a partir de 1952, la oposición al gobierno encabezado por el general Fulgencio Batista, un número considerable de laicos, así como de clérigos, se integró a esfuerzos de oposición que iban desde declaraciones y participación en movimientos opositores hasta llegar a un apoyo condicional, o casi incondicional, a la llamada resistencia y a la insurrección.

Un golpe de Estado llevado a cabo el 10 de marzo de 1952 y que fue organizado originalmente por elementos militares insatisfechos con la administración del presidente Carlos Prío, llevó de nuevo a la Jefatura del Estado al exmandatario, y entonces senador, Fulgencio Batista. Un nuevo panorama iba tomando forma en el país. A pesar del impacto causado por la interrupción del ritmo constitucional, el país continuó progresando, la sociedad civil continuó siendo una realidad fundamental y las tradiciones del pueblo se mantuvieron.

Se produjo en amplios sectores una reacción negativa al golpe, evidenciada, entre otros aspectos, por la posición de personalidades católicas y protestantes. Pero importantes líderes eclesiásticos, entre los cuales se destacaba el cardenal Manuel Arteaga, máxima figura del catolicismo en Cuba, enviaron mensajes de saludo al nuevo gobernante. El cardenal Arteaga llegó a hacer elogios en su comunicado al general presidente.

El 20 de marzo, pocos días después del golpe de Estado, el más alto prelado de la Iglesia en Cuba se dirigió oficialmente al nuevo mandatario de la siguiente manera: “Constituido ya su Gobierno, bajo su digna dirección, cúmpleme presentarle, en mi carácter de Arzobispo Metropolitano de La Habana, en mi nombre y en el del Episcopado cubano nuestros mejores votos en pro del orden, la justicia y la paz nacionales. Juntamente expreso mis respetos personales a los demás miembros de su Gobierno”. El Estado Vaticano fue uno de los primeros en reconocer diplomáticamente el nuevo Gobierno.

Estudiantes matriculados en los cientos de colegios católicos y protestantes del país se unieron frecuentemente a los de las escuelas públicas y sobre todo a la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y otras entidades estudiantiles en manifestar de alguna manera su descontento con el golpe de Estado. Esto no debe generalizarse, pero sí documentarse. Ahora bien, la mayoría de la población no participó activamente en el rechazo al acontecimiento. La ausencia de un apoyo mayoritario no oculta otros detalles. Puede hablarse hasta de cierta indiferencia. Un amplio sector, quizás mayoritario, también rechazaba al gobierno derrocado y a otros líderes políticos, incluso integrantes de la oposición.

Independientemente del estilo tradicional y diplomático de la dirigencia eclesiástica, algunos católicos iniciaron protestas contra la nueva situación, produciéndose una manifestación de protesta encabezada por católicos de la ciudad de Guanajay y otros en algunos lugares del país. La oposición de algunos laicos evangélicos también se notó en otros sitios del interior.

Pero Batista respetó la libertad de cultos sin discriminar a ninguna denominación religiosa. Numerosas instituciones católicas recibieron amplias contribuciones económicas del Estado cubano. Sería, sin embargo, entre ellas que surgirían algunos de sus más denodados oponentes, tanto en aspectos cívicos como en los de resistencia e insurrección. Pocos años después de lo ocurrido en 1952, los dos líderes más mencionados después de Fidel Castro serían el católico practicante José Antonio Echevarría y el maestro de escuela y predicador laico bautista Frank País. Este último fue considerado, durante muchos meses, como la segunda figura de la insurrección.

La lista de opositores notables al régimen incluía a algunos de los católicos más conocidos del país, como Andrés Valdespino, o evangélicos como el doctor Llerena. Con la muerte de Frank País, otro evangélico, el médico Faustino Pérez, pasó a encabezar la resistencia en las ciudades. El líder de la Federación de Estudiantes Universitarios, Echeverría, encabezó un ataque al Palacio Presidencial. Un cargamento de armas relacionado con las múltiples actividades del doctor Pérez fue encontrado en un local presbiteriano en La Habana.

Declaraciones del episcopado católico en los años 1957 y 1958 pudieran interpretarse como peticiones de cambio de gobierno, al principio, y luego de renuncia a sus cargos por parte de Batista y sus altos funcionarios. Meses después, las firmas de la directiva de la Acción Católica y de otras organizaciones con esa afiliación religiosa, así como la del Concilio Cubano de Iglesias Evangélicas, constituyeron específicamente solicitudes de la renuncia inmediata del gobierno. El Concilio de Iglesias y la Acción Católica estaban integrados en ese esfuerzo a las otras organizaciones del prestigioso Conjunto de Instituciones Cívicas de Cuba, institución de la cual era secretario ejecutivo un prominente pastor evangélico de afiliación presbiteriana.

Al producirse en enero de 1959 el triunfo de la revolución castrista, todo aparentaba ser favorable a las relaciones Iglesia/Estado. Con pocas excepciones no se notaba oposición religiosa al régimen. Es más, antes de terminar el año 1959 se celebró un multitudinario Congreso Nacional Católico en La Habana, en el cual se atacó el comunismo, pero no a la revolución. Funcionarios tan significativos como Fidel Castro y el recién designado presidente Osvaldo Dorticós estuvieron presentes.

Ya se habían celebrado en la capital y otras ciudades reuniones de católicos o de protestantes en las cuales se combinaba la oposición al comunismo y el apoyo a la revolución. El gobierno prometía mantener el laicismo en las escuelas y entidades públicas (situación existente en Cuba desde los inicios de la República), pero otorgaría el mayor grado de libertad religiosa imaginable.

Los colegios religiosos católicos se contaban por cientos y los protestantes poseían mucho más de cien. Al principio no se les molestó. Los conflictos originales con la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva en La Habana parecieron resueltos con la designación de monseñor Eduardo Boza Masvidal como rector. Pero el panorama estaba a punto de cambiar radicalmente.

Cuba: un panorama que va tomando forma

Cómo el fracaso del proyecto revolucionario ha abierto paso al protagonismo creciente de iglesias

13–20 minutos

Por: Marcos Antonio Ramos

No resulta difícil ofrecer un panorama que pueda considerarse general sobre la actual situación de Cuba y el Caribe, pero detalles puntuales requieren atención y pudieran contribuir a aclarar el ambiente regional, sobre todo en lo relacionado con Cuba, que posee, entre otras características, el mayor tamaño de todas las islas caribeñas. Aspectos recientes, basados generalmente en fracasos del proceso revolucionario iniciado en 1959, se van distinguiendo en un ambiente nacional que trasciende negativamente cualquier período anterior en la historia del país.

El Instituto de Investigaciones sobre la Cuenca del Caribe (Caribbean Basin Research Institute) ha publicado y difundido artículos y estudios sobre Cuba y la región circundante, países y territorios con los cuales el archipiélago cubano ha tenido relaciones que han repercutido en el ambiente regional e internacional. La Cuba de hoy ha atraído la atención del Instituto por varios años.

A pesar de problemas nacionales y regionales en países vecinos, el caso cubano no abandona las primeras planas, aunque muchas veces es mal interpretado gracias al efecto de la propaganda de sectores radicales como el chavismo y el socialismo del siglo veintiuno, movimientos que gradualmente han sido identificados como repeticiones de viejas experiencias en una larga historia de demagogia y caudillismo caracterizados por falsas promesas.

Aunque nos hemos inclinado preferentemente hacia las cuestiones económicas y políticas, las condiciones de vida de la población, y otros factores relacionados con ella, obligan al instituto a entrar en aspectos específicos que sobresalen en experiencias como la cubana, la cual ha repercutido mediante promociones de una ideología cada vez mas obsoleta a nivel planetario.

Tomando como muestra difícil de superar en cuanto a su impacto, el panorama de Cuba será resaltado. La primera parte de este trabajo no se dedicará a indicar posibles acontecimientos futuros, cuya posibilidad será discutida más adelante, sino a concentrarse en un proceso descriptivo, el cual, por supuesto, nos obligará a dedicarle mayor atención a implicaciones futuras a corto y mediano plazo que se discutirán en este y otros trabajos que se propongan ampliar cualquier análisis particular.

Nos referiremos primeramente al gran fracaso de la política oficial hacia la comunidad religiosa del país, uno de tantos intentos por socavar la sociedad cubana iniciados por la llamada Revolución Cubana desde los primeros años de su toma del poder en 1959.

En una sociedad en la que no existe ningún grado de multipartidismo, ni se permite el libre ejercicio de instituciones separadas del gobierno y del Partido Comunista, resalta cada vez más el papel de las instituciones religiosas, teniendo en cuenta la creciente influencia no sólo de una feligresía que aumenta rápidamente, sino de la impresionante supervivencia de denominaciones que ya no se limitan a los sectores tradicionales del catolicismo romano y las denominaciones históricas del protestantismo.

El proyecto inaugurado en 1959, caracterizado por esfuerzos de secularización total, no solo fracasó, como tantos programas oficialistas, sino que, con el paso de los años y en medio de la miseria prevaleciente, el resurgimiento de esas comunidades se ha ido convirtiendo en otra señal que apunta hacia la cercana terminación de todo un período histórico en la vida del país.

Mientras en una época, ya relativamente lejana, cualquier estudio o discurso incidía con claridad sobre lo que algunos llamaban “revolución” y otros “el problema cubano”, el panorama actual altera considerablemente algunas consideraciones. Si se quiere utilizar un viejo lenguaje político electoral de la era que llamamos “republicana”, es necesario tomar “nuevos rumbos”.

La mayoría de la población del país ya considera la “revolución” como un proyecto fracasado y sus oponentes han comprendido finalmente que la cuestión no consiste en esperar soluciones diseñadas por Washington o por organizaciones calificadas por algunos como de resistencia al régimen y por otros como “movimientos revolucionarios” o por “organizaciones contrarrevolucionarias”.

Dando paso desde la primera parte del trabajo a futuras conclusiones sobre el tema, nos atrevemenos a apuntar preliminarmente hacia casi todo un mundo de contradicciones que, si se aceptan como tales, superan o sustituyen viejas inquietudes, esperanzas y decepciones.

En la Cuba de hoy la lista de instituciones activas y visibles no se limitan al Partido Comunista y otras organizaciones que promueven las decisiones del oficialismo, sino que ya se nota con intensidad la presencia de confesiones religiosas organizadas y de una religiosidad popular no estructurada. A esto puede añadirse la visibilidad de sociedades fraternales de estilo masónico. Lo mismo si estas organizaciones y sectores activos son consideradas como simples sobrevivientes, o si se aceptan solamente como grupos de personas con intereses particulares o locales, su cada día más visible actividad e influencia constituye un claro indicio de que los recuerdos de los mejores días del proyecto revolucionario se van disolviendo en la memoria de la mayor parte de la población, la cual de alguna manera los rechaza como un desagradable pasado.

Y todo lo anterior refleja la realidad del momento, a pesar de la continuación de controles totalitarios y de la imposición del sistema mediante las fuerzas armadas y de organizaciones paramilitares promovidos por el gobierno, cuya función principal, casi única, es la de reprimir cualquier disidencia, protesta o simple queja por las condiciones de miseria e insalubridad evidenciadas por la falta de alimentación adecuada, la ausencia de condiciones mínimas de salubridad y atención hospitalaria unido a la crisis energética, sin solución a corto y mediano plazo.

Para mediados de la década de los años sesenta del pasado siglo XX, la práctica religiosa no solo se convirtió en una actividad discriminada, y en ocasiones reprimida violentamente, sino en exhibición triunfalista no solo de una nueva era sino de la fantasiosa creación de un “hombre nuevo”.

Alterando un poco la clásica cita de Cicerón: “La historia…testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, testigo de la antigüedad…”, la historia contemporánea cubana pudiera ser vista en el mundo como importante testigo del desastre que ha amenazado a extenderse por la región partiendo del experimento revolucionario de Cuba.

A lo interior pudiera añadirse que el impacto de la ideología comunista, revolucionaria o marxista-leninista en Cuba (escoja usted el nombre más adecuado) ha dejado de ser un ideal para convertirse en una advertencia. Independientemente de que esos nombres ya no representan una esperanza para países que anteriormente vivían bajo su égida, el atribuir todos los problemas al embargo norteamericano, una medida demasiado parcial como para destruir por completo la economía de un país en condiciones normales, es demostración evidente de la muerte de una de tantas ideologías que han existido.

Una mirada a la religiosidad popular

Pasando de lo ideológico o filosófico a la realidad que se vive hoy en Cuba, sucede que un fenómeno que se consideraba en proceso de disolución, la religiosidad popular, se convierte en un factor mucho más poderoso que el representado por el decadente Partido Comunista de Cuba y de las “organizaciones de masas” que ha promovido por décadas.

El cubano promedio, o más bien, la abrumadora mayoría de la población, tiene mucha más esperanza en las instituciones religiosas, mayores o menores, según la evaluación de cada cual, en cuanto a recibir orientación y ayuda para el diario existir. Son esos “atrasados sectores religiosos” los que proveen de un mayor grado de ayuda en alimentos y medicinas que aquellas “ejemplares” instalaciones y programas gubernamentales de una “gloriosa” revolución.

Mientras se reducen al mínimo las multitudes que apoyan en actos públicos la revolución, sucede algo muy diferente en un sector de lo queda de sociedad civil. Todos los fines de semana, sin necesidad de esperar una fecha revolucionaria o utilizar la fuerza del oficialismo, más de un millón de cubanos se reúne semanalmente en cumplimiento de una consigna sencilla, la de adorar públicamente a Dios. No cuentan con medios adecuados de transportación para enfrentarse a las distancias; tampoco pueden reunirse de noche en gran parte del país por falta de alumbrado, pero concurren masivamente a las misas, cultos y oficios.

Por otro lado, millones de cubanos practican, privada o públicamente, formas de religiosidad popular que, sin contar con una institucionalidad comparable a la de los grupos tradicionales como el catolicismo y las denominaciones protestantes, constituyen numéricamente, aunque sin una institucionalidad comparable, el mayor grupo de creyentes para todo un sector de la población. Claro que su influencia debe matizarse ya que muchas veces no repercuten en la misma forma que las de carácter institucional, pero nunca ignorarse, sino todo lo contrario. Analizar aspectos fundamentales de esas creencias y su impacto ocupará nuestra atención en uno de los estudios que presentaremos.

Hacia la religión tradicional: el catolicismo

Debemos dar importancia especial al papel del catolicismo en Cuba. La religión tradicional del país, después de la conquista y colonización española, ha tenido momentos de mayor influencia que el actual, pero ahora su presencia y actividad constituyen elementos diferentes para un análisis de actualidad.

Una amplia mayoría de los líderes del movimiento independentista eran masones comprometidos con sus logias. Se menciona el asunto porque su militancia separatista contrasta con la del catolicismo, institución oficial en la colonia. El clero católico era abrumadoramente español y se presentó generalmente como comprometido con mantener a Cuba bajo la soberanía de España, controlada generalmente por funcionarios designados por un régimen colonial implacable en cuanto a luchar contra la independencia. De ahí aquel viejo lema peninsular: “hasta el último hombre y la última peseta”.

La Intervención estadounidense, posterior a la Guerra Hispano Cubano Americana, favoreció financieramente al catolicismo, privado de contribuciones económicas fundamentales por una población empobrecida por la guerra que rechazaba en buena parte a la Iglesia Católica y que manifestaba abiertamente su rechazo a un episcopado compuesto por partidarios de la colonia. Esa condición afectaba también las labores de la casi totalidad del clero parroquial. La Iglesia no recibía contribuciones económicas apreciables por parte de la decreciente feligresía.

Los gobernadores estadounidenses y el personal militar de ocupación, abrumadoramente protestantes de religión, decidieron pagar las deudas contraídas por el gobierno colonial con la Iglesia. Gran parte de los bienes eclesiásticos habían sido nacionalizados durante un período liberal del gobierno de Madrid en las décadas de 1830 y 1840. Para una nueva nación, realizar tales pagos, se convirtió en pecado imperdonable para los luchadores por la independencia y casi todos sus líderes.

Pero entremos en consideraciones de nuestro propio tiempo. Cuando se produce la toma del poder por la Revolución en 1959, numerosos líderes laicos y sacerdotes católicos se habían opuesto al gobierno del presidente Fulgencio Batista y el episcopado había publicado cartas pastorales solicitando cambios, llegando hasta hacer una solicitud al gobernante de que entregara el poder. Una fase de amistad y alguna cooperación duró menos de dos años. Independientemente de la posición progubernamental de algunos laicos y clérigos que se identificaban como revolucionarios, la mayoría de los católicos practicantes adoptó una posición negativa hacia el régimen.

Las autoridades expulsaron del país sacerdotes y religiosos católicos, entre ellos muchas monjas. Mientras eso sucedía, numerosos católicos fueron puestos en prisión sin procedimientos judiciales aceptables y fueron hasta condenados a pena de muerte mediante fusilamiento notables líderes laicos. Después de confrontaciones callejeras propiciadas por el régimen para atacar el papel de la Iglesia, la práctica del catolicismo se limitaba a la celebración de misas y sacramentos dentro de templos y capillas. Se prohibieron procesiones y actos públicos. Para aquel entonces, desde 1961, todas las escuelas religiosas fueron “nacionalizadas”.

En un trabajo posterior al que ahora ofrecemos, se estudiará la salida masiva hacia el exterior de católicos practicantes, sobre todo miembros de las clases sociales más altas, profesionales e integrantes de la clase media, los cuales fueron seguidos después por cubanos de otras procedencias económicas, sociales y raciales. Por otra parte, algún tiempo después, se produjeron acercamientos con el Vaticano mediante un Nuncio Apostólico y la jerarquía inició el proceso de alguna adaptación a las nuevas circunstancias. Aun así, las tensiones se mantuvieron y la política oficial nunca funcionó con la eficacia que había pretendido lograr.

Acercándonos al panorama actual, el catolicismo ha contribuido a que muchos de sus fieles y activistas, contra viento y marea, lograran gradualmente, en épocas más recientes, cursar estudios superiores que hasta finales del siglo XX les eran prohibidos o dificultados por el régimen. Buena parte de la intelectualidad y de los profesionales practica ahora el catolicismo, lo cual no es necesariamente favorecido por el gobierno.

A pesar de esfuerzos de una jerarquía que a veces parece comprometida a la adaptación, pero que en ocasiones hecho demandas muy razonables de cambio al gobierno, un buen número de sacerdotes y laicos, al lograr algunas posiciones en la cultura y aprovechando cuanta oportunidad se les ofrece, contribuyen a un panorama en el cual hay elementos de resistencia, independientemente de recibir cada cierto tiempo las presiones naturales de un episcopado que, en el caso católico, ejerce su control sobre las parroquias y especialmente sobre clérigos y religiosos.

En la rigurosa encuesta del Instituto Arrupe, institución católica de gran prestigio, realizada en Cuba en el 2015, la población católica era solo del 27%, pero constituía el mayor grupo religioso institucional del país. Como ya hemos mencionado, para esa fecha, un número de católicos estaba ya realizando estudios universitarios a pesar de las anteriores restricciones a los creyentes, las cuales nunca han desaparecido por completo.

Es cierto que la alta burguesía, mayormente católica, había abandonado el país para esa fecha. Pero las parroquias contaban con numerosos miembros profesionales y en cargos menores de la administración pública. El impacto de católicos en los más altos círculos culturales era evidente y esto ha ido en aumento.

Sacerdotes católicos y laicos importantes han manifestado públicamente su disidencia enfrentándose a la actual administración. Sin embargo, la influencia del episcopado de las diócesis del país, pudiera limitar el grado de manifestación de esa disidencia. Aun así, el descontento con el actual sistema, las terribles condiciones en que vive la población y específicamente la resistencia oficial a realizar cambios sustanciales resuenan negativamente entre esos creyentes cristianos como en el resto de la población cubana.

Un problema muchísimo más difícil para el régimen y que sobresale en el ambiente actual, es el de las comunidades protestantes establecidas en el país desde fines del siglo XIX y que, desde principios del XX, se ha convertido en parte integral de la sociedad cubana, como lo reflejan estadísticas y actividades.

El interesante caso del crecimiento protestante

Volveremos al tema católico y a la religiosidad popular en el futuro inmediato. Nos dirigiremos ahora, como un anticipo, a la cada día más numerosa comunidad protestante, cuyo crecimiento, dentro y fuera de lo institucional, empieza a reflejar el mismo avance que esa religiosidad en sus múltiples manifestaciones presenta en América Latina. Será necesario en un próximo trabajo tener en cuenta el impacto político de ese avance.

Existe una amplia diferencia entre la eclesiología o gobierno del catolicismo y el protestantismo. No existen mecanismos tan centralizados dentro de las numerosas congregaciones evangélicas como para limitar las protestas y actitudes de la inmensa mayoría de los feligreses. Esto se convierte en algo que no puede dejarse para un futuro, por cercano que parezca, porque ya resulta extraordinariamente importante.

En una década en la cual se nota la disminución de activistas del Partido Comunista de Cuba y se ha reducido considerablemente la participación en las llamadas organizaciones revolucionarias o de masas, la cifra de protestantes en Cuba, los cuales prefieren ser identificados en la mayoría de los casos como evangélicos y en otros como cristianos, pudiera acercarse a un millón de cubanos.

Las iglesias evangélicas o protestantes, que mantienen básicamente la misma teología y solo les separan aspectos litúrgicos o detalles denominacionales, afirman tener alrededor de medio millón de miembros en plena comunión. Otros estiman la cifra oscila entre 800,000 y 850,000. Es conocido que una cifra más o menos igual consiste en personas que asisten regular o frecuentemente a los cultos u oficios no sólo en los muy concurridos templos y capillas sino en lugares de predicación conocidos mayormente como “casas culto”, equivalentes a las “misiones” de las iglesias organizadas.

Por diferencias teológicas y de estilo misionero, es necesario considerar aparte otro grupo que en cierta forma procede originalmente del protestantismo, pero con vida y teología aparte. Los testigos de Jehová, que cuentan con más de 100,000 activistas, a los cuales llaman “publicadores” y una cifra parecida de participantes en estudios bíblicos que ofrecen en los hogares.

El tema religioso va más allá

Según el Instituto Arrupe, el 11% de la población afirma abiertamente sostener las creencias más tradicionales de la santería y existe un grupo significativo se afilia a la Regla de Osha, compatible con las prácticas de otros santeros. Por supuesto debe reconocerse la presencia de personas con creencias del espiritismo del estilo de Allan Kardec y creyentes de grupos menores.

Como procederemos a un estudio minucioso de la mayoritaria presencia católica y haremos un énfasis en el protestantismo, por razones especiales, debe reconocerse que alrededor del 40 por ciento de la población no está afiliado o profesa públicamente alguna otra forma de religión aparte de las mencionadas, a no ser grupos sin una presencia significativa.

En el caso protestante, como sucede en otras religiosidades institucionales o no, un sector pretende representar a todo el conjunto de la comunidad y el gobierno les ofrece todo tipo de ventajas en cuanto a propagada. Por ejemplo, una declaración de un Consejo de Iglesias, bien visto por el gobierno, pretende ser la voz protestante o evangélica y mencionan nombres de grupos y de personas, cuando en realidad representan menos del 15% de la comunidad evangélica.

Puede recorrerse la geografía cubana, por completo, y encontrar protestantes o evangélicos, e incluso testigos de Jehová, en cualquier sitio en el que exista un grupo de personas, como las anteriormente descritas. Aunque minoritarios, si se les compara con la influencia histórica del catolicismo, sus intentos de trabajar con intensidad en regiones rurales, apartadas y poco pobladas, ha tenido un resultado punto menos que espectacular.

En este trabajo, solo se han presentado datos que consideramos útiles, pero no completos. Intentaremos después, enfrentar cierto desconocimiento generalizada de la situación, sin pretender que nuestra evaluación es definitiva, mucho menos exclusiva. Pero, en una Cuba desestabilizada, paralizada y en medio del caos que empieza a notarse con claridad, el futuro papel de las instituciones no gubernamentales sería considerable, quizás decisivo. Lo representado por lo anterior, requerirá un mayor acercamiento a la situación. Y nos proponemos intentarlo.