El gobierno devela el monto de la zafra azucarera 2024 2025

Por: Francisco Díaz Pou

El ministro de Economía y Planificación, Joaquín Alonso Vázquez, ofreció el informe sobre la economía en 2024 y el primer semestre de 2025 a la Asamblea Nacional del Poder Popular [Parlamento] el 16 de julio de 2025. En lo referente a la zafra azucarera recién concluida manifestó: “…al cierre del primer semestre [2025] la zafra azucarera mantiene el incumplimiento, con niveles de producción de azúcar crudo inferiores al 44% de lo previsto, insuficiente para garantizar el consumo restringido”. 

El pasado junio, publicamos un artículo en el que estimábamos que la producción total de la zafra recién concluida era de alrededor de 140.000 toneladas métricas de azúcar. En su comparecencia ante los asamblearios, el ministro develó, indirectamente, el monto total de la producción de azúcar crudo y sus consecuencias inmediatas para el pueblo.

Al comienzo de la molienda de los 15 centrales participantes, los medios oficiales del régimen anunciaron los datos fundamentales del plan de producción de cada uno de ellos, que incluían toneladas métricas de azúcar crudo a elaborar, así como el tiempo de duración de la zafra y los rendimientos agrícola e industrial planificados. 

Aunque el Grupo Empresarial Azcuba, monopolio estatal que administra la industria azucarera cubana, no publica las cifras de su plan de producción, el Instituto de Investigaciones de la Cuenca del Caribe realiza una recopilación constante de datos sobre la industria azucarera de la Isla. Como resultado de esos esfuerzos pudimos conocer, con cierto grado de precisión, la producción total planificada de azúcar crudo de la zafra 2024-2025.

Según los datos publicados por los medios oficiales castristas, el plan de producción se elevaba a las 295.000 toneladas métricas de azúcar crudo. Si tomamos en cuenta las declaraciones del ministro de Economía y Planificación, concluimos que la producción real de Cuba es de menos de 129.000 toneladas métricas de azúcar crudo. Esta producción es inferior a la zafra de 1840, en la que la colonia cubana exportó unas 139.000 toneladas métricas. 

El ministro Alonso Vázquez termina su referencia a la industria azucarera en su informe a la Asamblea Nacional del Poder Popular mencionando que la zafra de este año es “insuficiente para garantizar el consumo restringido”. Al presente, con una población estimada de 9.3 millones de habitantes, el per cápita anual será 30 libras de azúcar. Al inicio del castrismo en el poder, 1959, el per cápita fue de 120 libras. ¡Otro logro de la revolución castrista!

El logro de la revolución castrista: Cuba pierde su prominencia regional

Por: Francisco Díaz Pou

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL) publicó recientemente una versión actualizada de sus perfiles económicos de las naciones de la región.
Al realizar un análisis comparativo de la posición de Cuba dentro del área geográfica de la región caribeña y centroamericana, se puede apreciar el desastre económico y social que el castrismo ha creado en la que se conocía como la Perla del Caribe.
Antes de la ascensión al poder de los hermanos Castro y sus seguidores, el país se destacaba en términos de modernidad y estaba entrando en una fase de desarrollo económico diversificado. Lamentablemente, este es el típico caso de un costo incurrido por una oportunidad perdida.

De los diecisiete países analizados, siete están ubicados en Centroamérica; el resto forma parte del archipiélago que circunda el mar Caribe, y también se incluyen dos en Sudamérica que surgieron de las antiguas colonias europeas de las Guayanas.
Hay varios indicadores económicos utilizados para medir la creación de riqueza de un país; uno de ellos es el producto interno bruto (PIB). Este refleja el valor monetario de todos los bienes y servicios finales que se produjeron en un año. En nuestro análisis, pudimos determinar que, considerando su PIB, Cuba ocupa el decimotercer lugar en orden descendente entre los diecisiete países que integran la cuenca del Caribe y solo supera a las Bahamas, Barbados, Surinam y Belice en el tamaño de su economía (Tabla 1). Estos países tienen poblaciones de menos de 700 000 habitantes.


Las economías de todos los países centroamericanos, así como las de Puerto Rico, República Dominicana, Trinidad y Tobago, Haití, Guyana y Jamaica, superan la economía cubana.

El caso del desarrollo económico de la República Dominicana, si lo comparamos con el estado de la economía de Cuba, es asombroso. En 1960, a finales de la Era de Trujillo, se estimaba que el país contaba con tres millones de habitantes, mientras que la población de Cuba era de alrededor de seis millones. Además, debemos recordar que la superficie del territorio dominicano equivale a un 44 % del territorio cubano.
El PIB de Cuba en 1958, a precios corrientes, se estimaba en 2 631 millones de dólares. Según el Banco Central de la República Dominicana, en 1960, el PIB, a precios corrientes, era de 672 millones de dólares. Podríamos afirmar que la economía cubana era casi cuatro veces mayor que la dominicana y la doblaba en población.

¿Qué ha sucedido en estos sesenta y cinco años? Según la CEPAL, el PIB dominicano asciende, en 2024, a 124 934 millones de dólares, a precios corrientes. En el caso de Cuba, su perfil económico muestra un PIB, a precios corrientes, de solo 15 296 millones de dólares. En la actualidad, la economía dominicana, de acuerdo con su producto interno bruto (PIB), es, en tamaño, ocho veces la cubana.

Otro de los indicadores económicos que se utilizan para estudiar el estado de las economías nacionales es el producto interno bruto per cápita, que se obtiene dividiendo el PIB entre la población estimada en ese periodo. Cuba tiene el PIB per cápita más bajo de la región. Según el reporte de la CEPAL, el PIB per cápita de la República Dominicana en 2024 fue de 10 927 dólares, pero el de Cuba fue de solo 1 369 dólares, una cifra que coincide con las estimaciones hechas para 2020 y 2021 en el Caribbean Basin Research Institute.

En estos últimos sesenta y cinco años, Cuba y la República Dominicana, pueblos con orígenes similares y que comparten la región caribeña, han tomado rumbos opuestos en su desarrollo político, económico y social, en busca de la modernidad, el progreso y el bienestar.
En la década de los años sesenta del siglo pasado, la República Dominicana inició un largo y penoso camino utilizando los instrumentos que provee la democracia liberal para elevar la calidad de vida de sus ciudadanos.
Al mismo tiempo, un nuevo liderazgo político, al tomar el control absoluto de la isla de Cuba, rechazó el modelo democrático liberal de gobierno y rompió los lazos que ataban al país con sus socios tradicionales, uniéndose al campo totalitario. Esto solo se hizo para garantizar que los hermanos Castro pudieran mantener su control férreo sobre el país.

Los resultados de esta terrible acción están a la vista: Cuba ha perdido más de seis décadas de acceso a los instrumentos de asistencia financiera que provee la banca de desarrollo internacional, la transferencia de tecnología y el acceso a condiciones favorables en los mercados comerciales y financieros internacionales. La clase dirigente de la República Dominicana ha utilizado estos elementos para convertir a su país en la segunda economía de la cuenca del Caribe.

Cuba necesita más que una revolución industrial para dignificar el trabajo

Por: Miguel Alejandro Hayes

Cuba necesita una revolución industrial para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores estatales, según lo que sugieren las cifras. Y es que el crecimiento requerido para rearmar la nación solo es comparable con ese hito moderno.

Anteriormente se había estimado cuántos trabajadores podría emplear el sistema empresarial estatal cubano garantizándoles un salario digno. Para ello, se calculó el costo real de la vida en Cuba, los salarios mínimo y medio correspondientes y, por último, se dividió el fondo de salarios estatales entre dichos sueldos que cubren el costo real de la vida en la isla.

Aquellos cálculos representaban una abstracción para mostrar la distribución óptima del fondo salarial de todos los empleados actuales del sector estatal cubano; es decir, cuántos salarios dignos producen todos los trabajadores actuales. 

A lo que que añadir que tal modelación deja espacio a dos posibilidades:

  1. No existen trabajos con la productividad necesaria para un salario digno; por tanto, al despedir trabajadores disminuye el fondo salarial disponible para distribuir. Es imposible sostener ningún puesto con salario digno.
  2. Sí hay trabajadores con una productividad a la altura del salario digno y se despide a los que “sobran” (quedarían contratados los que indican las cifras calculadas).

Sin embargo, aun en el segundo caso, se produciría una parálisis empresarial por falta de personal, de modo que, con independencia del escenario, el resultado es el mismo.

Por otro lado (Gráfico 1.), el fondo salarial actual (30723489.6 millones de pesos, según la ONEI) debería multiplicarse aproximadamente por 11 (1000 por ciento) para garantizar un fondo salario suficiente (325670878.7, según estimaciones propias) para cubrir un sueldo digno (casi 69 000 pesos, de acuerdo a estimaciones propias ya mencionadas). 

Gráfico 1. Elaboración propia a partir de datos de la ONEI y de los cálculos en artículos anteriores.

Esa cifra, al sumarse a los niveles de ventas presentes, dejaría a las empresas estatales en pérdidas (Gráfico 2).

Gráfico 2. Elaboración propia a partir de datos de la ONEI y de los cálculos en artículos anteriores.

Por lo tanto, puede afirmarse que el sistema empresarial estatal no paga mejores salarios porque no produce lo suficiente para ello; es decir, no se trata de cómo se distribuye la riqueza existente, sino de que no hay riqueza suficiente.

El hecho de que no exista contradicción entre la distribución de ganancias y salarios hace que en el contexto cubano se cumplan los postulados neoclásicos de la economía, según los cuales existe equivalencia entre salario y productividad del trabajo.

De ahí que la única vía para generar salarios dignos en Cuba es que las empresas produzcan suficientes bienes y servicios. Específicamente, la productividad del trabajo tendría que aumentar diez veces para que el nivel general de salarios alcance estándares dignos (los salarios actuales están alrededor de diez veces por debajo de uno digno).

Ese crecimiento requerido recuerda a los reportados durante la Revolución Industrial inglesa. Sin embargo, investigaciones muy recientes que cuestionan ciertos mitos indican que, entre 1600 y 1800, la productividad del trabajo creció aproximadamente un 2 % por década, y de 1810 a 1860, un 5 %. Eso significa que, si Cuba creciera al mismo ritmo que dicha Revolución industrial, tardaría 470 años en llegar al punto necesario (Gráfico 3).

Gráfico 3. Estimación del tiempo que tardaría Cuba en alcanzar la productividad necesaria para un salario digno, si creciera al ritmo de la Revolución Industrial Inglesa

De ahí que el cambio de productividad necesario para dignificar el trabajo en Cuba no se logre ni siquiera con una revolución industrial clásica. Aunque ello no significa que sea imposible lograr salarios que permitan calidad de vida, pues la productividad, gracias al trabajo científico humano, hoy puede crecer con mayor rapidez.

Sin embargo, no debe perderse de vista el estado colapsado de la economía cubana ni la destrucción que el castrismo ha infligido a la nación, a fin de dimensionar la magnitud de los esfuerzos necesarios para reconstruirla y reorganizar sus procesos productivos.

La etapa de los ajustes estructurales en la industria azucarera cubana

6–9 minutos

Por: Francisco Díaz Pou

La expansión iniciada a principios del siglo pasado creó una industria en la que los centrales pequeños y medianos —muchos de ellos fundados en el siglo XIX— se congregaban en las provincias occidentales y el centro del país. Los grandes y modernos centrales se ubicaban principalmente en las antiguas provincias de Camagüey y Oriente. En esta fase expansiva de la industria se intensificó el desarrollo del latifundismo y la utilización de obreros agrícolas provenientes de Jamaica y Haití, primariamente en la región oriental del país. En las provincias occidentales y del centro, el central se abastecía principalmente de la caña de azúcar del pequeño y mediano agricultor, el colono. Además, los centrales cubrían una parte de sus necesidades de materia prima en todo el territorio nacional por medio del cultivo directo, la llamada caña de administración.

El año 1927 señaló el fin de la expansión acelerada de la industria azucarera iniciada a principios del siglo XX. Como se ha indicado en artículos anteriores, hubo múltiples elementos que contribuyeron a ese declive. En lo externo, la caída de los precios en los mercados internacionales, unida a la disminución de la demanda y a las restricciones arancelarias impuestas al azúcar cubano, contribuyó a un decrecimiento progresivo de la producción nacional por varios años.

Estas circunstancias incrementaron las tensiones socioeconómicas que ya estaban presentes en el modelo monoproductor que el país había adoptado plenamente al surgir como república independiente. La crisis económica produjo un aumento en los niveles de inestabilidad política que ocasionó la transferencia violenta del poder político a una nueva generación de dirigentes.

Ramiro Guerra —considerado por muchos historiadores cubanos como la figura eminente entre ellos— publicó en Diario de la Marina, de La Habana, una serie de 21 artículos en los meses de mayo a agosto de 1927 que de inmediato fueron recogidos en el clásico estudio de la realidad azucarera de ese tiempo, Azúcar y población en las Antillas1. Más que una denuncia de los elementos que contribuyeron a la crisis de la industria azucarera —y, por ende, del país—, su libro los analiza profundamente, y sus ideas contribuyeron a las extensas reformas que se incorporaron al sector azucarero y a la agricultura en general en la década siguiente.

La política de los gobiernos cubanos desde el inicio de las dificultades por las que atravesaba la industria después del crack bancario de 1920 fue garantizar la operación de los ingenios pequeños y medianos para evitar una crisis social de grandes proporciones. La Comisión de Asuntos Cubanos de la Foreign Policy Association, en su reporte de 1935, observaba: «La razón fundamental para mantener en actividad todos los centrales existentes, al menos durante un período de transición, está en salvar a gran parte de la población cubana de la miseria»2.

Al final de la expansión de la industria azucarera, el Gobierno cubano tomó una serie de medidas para disminuir el exceso de inventarios que deprimía los precios en el mercado internacional. Se eliminaron las llamadas «zafras libres» y se impuso un régimen de cuotas de producción para los ingenios. Por supuesto, esta medida redujo el volumen de cañas aportado a los centrales. El Gobierno tuvo que enfrentar la disyuntiva de rebajar las cuotas proporcionalmente —con lo que muchos ingenios pequeños desaparecerían— o imponer una producción mínima de 60.000 sacos de 325 libras por cada zafra, ajustando el volumen de producción de los grandes centrales. Al optar por la producción mínima se evitó la desaparición de muchos centrales y sus zonas agrícolas, y se mantuvo la industria azucarera distribuida por todo el país3.

La Ley de Coordinación Azucarera

La Ley de Coordinación Azucarera fue aprobada por el Congreso cubano el 2 de septiembre de 1937, dando inicio a una vasta reorganización de la industria azucarera. El objetivo de esta legislación fue establecer una amplia coordinación entre los sectores industrial y agrícola y entre estos y el laboral. Además, incorporó el llamado «derecho de permanencia», que otorgaba el disfrute permanente de la tierra a los agricultores que entregaban sus cañas a los centrales. Este derecho transformó el concepto de propiedad y tenencia de la tierra en Cuba y le dio un alto grado de estabilidad a la industria al fortalecerse la pequeña y mediana empresa rural4.

El «derecho de permanencia» otorgado a los colonos sobre la tierra que laboraban los obligaba a mantener suficientes tierras sembradas de caña para cubrir su cuota de producción y a mantener los cañaverales bien cultivados. Además, debían cumplir con las obligaciones financieras contraídas con los dueños de la tierra, en caso de no poseerla, de acuerdo con lo prescrito por la Ley de Coordinación Azucarera, que regulaba este tipo de relación contractual entre los dueños de la tierra y los colonos.

El cultivo de la caña de azúcar requiere varios años de inversión y atención por parte del agricultor antes de que se obtenga la compensación monetaria por el esfuerzo realizado. La permanencia otorgó a los agricultores la estabilidad requerida para aumentar la calidad de sus esfuerzos e inversiones, lo que a mediano y largo plazo produjo un incremento en la riqueza del país. Esta ley hizo posible el asentamiento con carácter permanente de las 25.000 a 30.000 familias dedicadas al cultivo de la caña que, sin ninguna inversión, pudieron convertirse en pequeños y medianos empresarios agropecuarios. El reporte de la Foreign Policy Association antes mencionado hizo un acertado resumen de la importancia de los colonos: «El desenvolvimiento social y político de Cuba, en grado no menor que su bienestar económico, depende de la supervivencia y el progreso del sistema de colonos»5.

La Ley reguló los jornales agrícolas e industriales relacionándolos directamente con el precio del azúcar. Las labores denominadas de corte y alza eran realizadas por los macheteros en el mismo cañaveral; el tiro lo realizaba el carretero al transportar la caña desde el cañaveral hasta el centro de transbordo (chucho) o directamente al central. En el caso de los jornales industriales, debido a las distintas tareas a realizar en el proceso de manufactura y al grado de nivel técnico de las mismas, sólo se estableció un salario mínimo vinculado al precio del azúcar.

El Instituto Cubano de Estabilización del Azúcar (ICEA)

El ICEA había sido creado en 1931 y tenía como función principal la representación oficial de los intereses azucareros del país en el Convenio Internacional de Bruselas. La regulación de las exportaciones de azúcar estaba a cargo de otra entidad, la Corporación Exportadora Nacional de Azúcar, creada meses antes. En enero de 1936 el Gobierno emitió un decreto-ley transfiriendo al ICEA las funciones de la Corporación Exportadora al vencerse el término de existencia de la misma.

Al reorganizar el ICEA en 1936 se creó una estructura interna diferente. La nueva directiva estaba compuesta por doce hacendados, seis colonos y un delegado del Gobierno, que actuaría como su director general. Anteriormente, el ICEA estaba integrado por cinco hacendados y dos colonos. Esta modificación de la organización reflejaba la ascendencia del sector agrícola dentro de la industria. Todos los miembros eran propuestos por las asociaciones de hacendados y colonos y designados por el presidente de la República.

En los años siguientes, el ICEA se convirtió en el instrumento utilizado por los diferentes factores de la producción para elaborar políticas a corto y mediano plazo empleadas en la administración de la industria, que tanto el Poder Ejecutivo como el Legislativo implementarían. Además de ser el órgano oficial, se convirtió en un foro de discusión y análisis usado por los diferentes elementos que integraban la industria azucarera cubana.

La cuarta década del siglo XX concluyó con una industria azucarera que emergía de una crisis sin precedentes con un nuevo modelo operativo que comenzaba a reconstruir la industria. El inicio de la II Guerra Mundial alteró los mercados internacionales, provocando un reajuste drástico tanto de las capacidades productivas de ciertas regiones del planeta como de los hábitos de consumo de la mayoría de los países. Estos fueron parte de los retos que la reformada industria azucarera cubana tuvo que enfrentar.

El modelo operativo adoptado tomó en consideración los tres factores de la producción —industria, agricultura y trabajadores— y, a través de sus interlocutores, estableció un modus operandi eficiente que permitió tanto a la industria como al país cumplir con sus obligaciones internacionales y recuperar una posición destacada en lo económico y en lo político en un mundo sacudido por un conflicto mundial.

Notas

  1. Ramiro Guerra, Azúcar y Población en las Antillas. (La Habana: Cultural, 1944). ↩︎
  2.  Problemas de la Nueva Cuba (New York; Foreign Policy Association, 1935) pág. 330. ↩︎
  3.  José Antonio Guerra, Azúcar y Población en las Antillas. (La Habana: Cultural, 1944) pág. 257. ↩︎
  4. Estudio sobre Cuba (Miami: University of Miami, 1963) p. 642. ↩︎
  5. Problemas de la Nueva Cuba (New York; Foreign Policy Association, 1935) pág. 306. ↩︎

¿Por qué se puede decir que el sistema empresarial cubano está paralizado?

Si ocurriera el catastrófico ajuste laboral basado en el costo real de la vida, el número de empleados sería insuficiente para producir:

2–4 minutos

Por: Miguel Alejandro Hayes

Las empresas estatales cubanas no pueden sostenerse, están paralizadas. Así lo indican los datos de la (in)capacidad real de estas para costear a un mínimo de trabajadores que garanticen su funcionamiento.

El sistema empresarial estatal solo puede contratar entre 51 000 y 22 000 personas (Tabla 1), si da empleo únicamente a quienes pueda garantizarles un salario digno, calculado a partir de los costos de vida en la isla y sus estándares de cálculo.

Tabla 1. Elaboración propia

Dichas cifras sugieren que el Estado cubano puede contratar, en promedio, entre 8 y 25 trabajadores por empresa (Tabla 2), una cifra casi 34 veces inferior al promedio actual de 842 trabajadores por entidad.

Tabla 2. Elaboración propia

En la práctica, estos datos indican la necesidad de un cambio radical dentro de la estructura de empleo cubana que quizá ni siquiera sea posible. Y es que, si bien todo podría consistir en despidos masivos para reducir la plantilla al número de empleados a los que el socialismo pueda garantizarles un salario digno —con todo el costo social que ello implica—, la problemática va más allá.

Toda empresa, esencialmente, puede comprenderse como una combinación de recursos humanos, equipos y maquinarias, administrados de determinada manera; eso se conoce en economía como la relación capital-trabajo.
Ese enfoque sugiere que existen combinaciones óptimas para ambos factores. Por ejemplo, si hay que cavar huecos en la tierra y se dispone de cinco palas, el punto óptimo sería contar con cinco obreros; con cuatro, sobraría una pala y, con seis, uno esperaría a que otro se canse o se turnarían para usar el instrumento.
En el caso de las empresas cubanas, resulta relevante que estas se caracterizan por ser grandes (por número de contratados). Ello se debe a la influencia del Che Guevara en el diseño económico de la Cuba de Castro y a su énfasis en los monopolios y las grandes empresas. Así, en la actualidad, cada empresa estatal —salvo las «pymes»— es, en sí misma, una cadena de varias entidades llamadas UEB. Por ejemplo, cada una de las panaderías estatales de La Habana son una UEB de la misma empresa: la Empresa Provincial de la Industria Alimentaria (EPIA).
En cifras, esto significa que el 78 % de las entidades económicas estatales tiene más de 100 trabajadores y, de estas, el 62 % (más de 1 000 empresas) cuenta con más de 300 empleados (Tabla 2).

Tabla 3. Fuente: ONEI

Esta realidad podría señalar que, si ocurriera el catastrófico ajuste laboral basado en el costo real de la vida, el número de empleados sería insuficiente para producir: habría más palas que personas trabajando, dicho en términos del caso hipotético antes expuesto.
Aunque esa afirmación no puede demostrarse de manera categórica, la distribución de trabajadores por empresa y la propia estructura de estas lo indican: es casi imposible que entidades económicas que necesitan cientos de trabajadores (como la EPIA) puedan funcionar con apenas 25. Ello evidencia un hecho implícito en la diferencia entre el salario cubano y los costos reales de vida: la bajísima productividad del sistema empresarial estatal cubano.
Por último, vale destacar que las implicaciones de la situación del empleo en Cuba constituyen un caso extremo de desempleo por salario real elevado (real-wage unemployment). Donde lo excepcional viene dado porque los costos de la mano de obra son insostenibles por la productividad de la empresa estatal cubana, a tal punto, que esta no puede pagar ni siquiera la dotación mínima de empleados necesaria para operar su capital (equipos y maquinarias).

Ese caso extremo bien podría llamarse «parálisis empresarial».

La crisis de la industria azucarera durante la Gran Depresión

La industria azucarera salía de una crisis existencial.

6–9 minutos

Por: Francisco Díaz Pou

La cuarta década del siglo XX se inició en Cuba con una industria azucarera en franco proceso recesivo. La producción de los 183 centrales que participaron en la zafra de 1925 fue de 5 347 103 toneladas métricas. Esta cifra, nunca antes alcanzada, sufrió un marcado descenso en años posteriores, llegando en 1933 a solo 2 054 862 toneladas métricas, producidas por 125 centrales1.

La industria azucarera cubana aceleró su desarrollo en las últimas décadas del siglo XIX, basada en el mercado internacional. Sin esa demanda, habría seguido los pasos de la mayoría de los países que solo producían azúcar para su propio consumo. Gracias a su posición geográfica, los azúcares cubanos tenían un fácil acceso al expansivo mercado norteamericano, convirtiéndolo en su cliente por excelencia, seguido por los europeos, principalmente Gran Bretaña.

El azúcar se convirtió en el vehículo utilizado por Cuba para insertarse en la economía mundial e iniciar un proceso de desarrollo sostenido, libre ya de las ataduras y controles ejercidos por la metrópoli española. Por supuesto, esta dependencia de los mercados internacionales afectó la economía —de forma positiva, pero también negativa— desde el inicio de la vida republicana.

Los intentos de los gobiernos cubanos, en la tercera década del siglo XX, por controlar la caída de los precios en el mercado internacional fueron, en la mayoría de los casos, infructuosos. Se limitó la producción azucarera en 1926 mediante la llamada Ley Verdeja y, al año siguiente, se aprobó la Ley para la Defensa del Azúcar, conocida popularmente como Ley Tarafa. Ambas leyes, junto a un cúmulo de regulaciones, trataron de reducir los efectos negativos que las crisis en el mercado mundial ejercían sobre la industria azucarera cubana.

Otra iniciativa, originada en el sector privado, trató de influir en los mercados azucareros. El Plan Chadbourne —gestionado por el abogado corporativo neoyorquino Thomas Chadbourne, con intereses en dos centrales cubanos— propuso limitar la producción mundial. El plan entró en vigor en 1930 y obtuvo el apoyo de algunos países productores, pero no tuvo el éxito esperado, ya que un grupo de ellos se abstuvo de participar en él; según manifestaron analistas de la época, «el plan se basó en cálculos erróneos, y despertó esperanzas que no pudieron ser realizadas».2

La inversión extranjera directa en la industria azucarera

A principios del siglo XIX, los ingenios procesaban las cañas de las fincas donde estaban asentados. El dueño o hacendado aportaba el capital para la operación de su finca o hacienda azucarera; cuando estos recursos no eran suficientes, obtenía un préstamo garantizado por una hipoteca sobre la propiedad. Esta hipoteca se cancelaba con las ganancias obtenidas por la venta del azúcar producido.

El costo financiero de un ingenio era alto. El tipo de interés sobre los préstamos que cubrían una parte considerable del capital de trabajo requerido en una zafra llegaba al 2 % mensual. Las comisiones para la adquisición de suministros y la venta de azúcares alcanzaban el 5 %. Si el hacendado no contaba con amplios recursos financieros, en los años en que los precios del mercado mundial se desplomaban corría el riesgo de perder su propiedad ante la imposibilidad de cumplir con sus obligaciones financieras.

Los llamados corredores de azúcar, junto a los comerciantes que proveían los suministros utilizados, eran las principales entidades que financiaban —o «refaccionaban»— las zafras hasta los primeros años de la época republicana. El Banco Nacional de Cuba, entidad privada que cerró sus operaciones en 1921 debido al «crac bancario», reemplazó a una parte de los corredores de azúcar en la subvención de las zafras.

Una de las causas del crac bancario fue el financiamiento descontrolado de la expansión azucarera durante los años de la Primera Guerra Mundial. La banca internacional, principalmente norteamericana y, en menor grado, canadiense e inglesa, llenó el vacío creado por el crac bancario y se convirtió en la fuente de financiación de la industria azucarera.

La liquidación de los activos que garantizaban los préstamos otorgados a los centrales y colonos por los bancos nacionales declarados en bancarrota provocó el traspaso de un gran número de propiedades a la banca norteamericana, que las adquirió en el proceso de liquidación. Además, varias corporaciones norteamericanas dedicadas a la producción de azúcar se vieron afectadas por la crisis y tuvieron que liquidarse o reorganizarse para poder seguir operando. De hecho, una gran parte de la industria azucarera cubana cayó bajo la influencia de bancos y otras instituciones financieras, en su mayoría norteamericanas.

Lamentablemente, el objetivo fundamental de estas entidades extranjeras era garantizar la inversión realizada y aumentar sus dividendos al mayor nivel posible. Esta era la época de los «roaring twenties», en la que la especulación dominó los mercados de capitales en los EE. UU. y en el resto del mundo desarrollado. Esa fiebre especulativa permitió una continua expansión de la industria azucarera durante la década de 1920, sin tener en cuenta que los mercados se acercaban a un punto de saturación. Por supuesto, tanto la industria como el gobierno se dejaron arrastrar por estas empresas financieras internacionales, en perjuicio de los intereses del país.

El impacto de la política arancelaria y el régimen de cuotas

Unos meses después de la independencia, en diciembre de 1902, Cuba firmó un tratado de reciprocidad con los EE. UU. La tasa arancelaria que gravaba el azúcar era de 1,348 centavos por libra. En 1914 la Tarifa Underwood redujo la tasa a 1,0048 centavos. Más tarde, los EE. UU. entraron —como el resto de los países desarrollados— en una estéril y peligrosa guerra arancelaria que se prolongó hasta la Gran Depresión, iniciada en 1929. En 1921, en medio del crac bancario y de los reajustes de precios en el mercado mundial, los EE. UU. aumentaron los aranceles azucareros a 1,60 centavos por libra; al año siguiente, el gobierno del presidente Harding los incrementó a 1,7648 centavos; finalmente, la Tarifa Hawley–Smoot, de 1930, los elevó a 2,0 centavos por libra.

Estos aumentos formaban parte de una política proteccionista cuyo resultado fue el estímulo de la producción azucarera doméstica y de las regiones insulares norteamericanas —Hawái, Filipinas y Puerto Rico— en perjuicio de Cuba.

La política arancelaria del principal mercado para los azúcares cubanos, unida al exceso de producción y al drástico descenso del consumo mundial debido a la Gran Depresión, desencadenó una reducción progresiva en el volumen de las zafras. Esto, junto al declive de los precios, produjo una disminución apreciable de su valor.

La Industria Azucarera durante la Gran Depresión. Anuario Azucarero de Cuba 1959

La lenta recuperación de la industria azucarera

La Gran Depresión de la década de 1930 produjo una corrección natural de los mercados: la producción mundial disminuyó y los inventarios acumulados fueron absorbidos gradualmente por un aumento moderado de la demanda.

Al mismo tiempo, la política arancelaria con respecto a Cuba dio un giro significativo con la llegada de Franklin D. Roosevelt a la presidencia de los EE. UU. El azúcar cubano recibió un «New Deal», basado en la convicción de que Cuba necesitaba una economía sólida que garantizara los niveles de prosperidad requeridos para mantener y aumentar el intercambio comercial entre ambos países. La notable disminución de las exportaciones y la considerable inversión de capital norteamericano en riesgo convirtieron la rehabilitación de la industria azucarera cubana en un factor clave de la nueva política económica de los EE. UU.

El 9 de mayo de 1934, el Congreso estadounidense aprobó la Ley Jones–Costigan, que concedía al secretario de Agricultura el poder de fijar cuotas de importación de azúcar. Las cuotas se distribuyeron entre los productores nacionales de remolacha y de caña de azúcar, y las posesiones insulares —Hawái, Puerto Rico, Islas Vírgenes y Filipinas— recibieron sus respectivas asignaciones. Cuba fue el único país extranjero incluido y obtuvo la cuota mayor: 1 902 000 toneladas cortas, equivalente al 29,37 % del total3.

Además del sistema de cuotas, el presidente Roosevelt redujo los aranceles básicos del azúcar: para Cuba, pasaron de 2 a 1,50 centavos por libra y, tras el nuevo tratado de reciprocidad EE. UU –Cuba, quedaron en 0,90 centavos.

A finales de 1934, las incertidumbres derivadas de los mercados internacionales se disipaban con el establecimiento de un nuevo marco institucional en las relaciones con el principal mercado exportador, los EE. UU. La labor constante de los distintos sectores de la industria azucarera cubana, destinada a restablecer una relación comercial beneficiosa para ambas partes, empezaba a dar frutos.

Resuelto el problema de los mercados, la atención se dirigió a la crítica situación interna de la industria. Varias voces se habían alzado para analizar sus problemas y se desarrollaba un debate público. La industria azucarera salía de una crisis existencial; muchos sostenían que necesitaba una reforma institucional y la creación de instrumentos adecuados para afrontar los retos de un mundo en rápida transformación.

Notas

  1. Anuario Azucarero de Cuba 1959 (La Habana: Cuba Económica y Financiera, 1960) págs. 92-93. ↩︎
  2. Problemas de la Nueva Cuba (New York; Foreign Policy Association, 1935) pág. 279. ↩︎
  3. ídem ↩︎

¿Cuál es el desempleo real de Cuba?

El régimen cubano mantiene una plantilla inflada o un desempleo solapado de, como mínimo, 2 500 000 trabajadores

3–4 minutos

Por: Miguel Alejandro Hayes

El Estado cubano no tiene capacidad para generar empleos; al menos no todos los que ofrece actualmente. Hay más puestos de trabajo creados de los que se podrían tener garantizándoles un salario digno. Como resultado, la situación laboral del país está marcada por un insignificante desempleo, pero con bajísimos salarios (Tabla 1). Es decir, el régimen cubano optó por redistribuir los salarios entre todos sus empleados.

Tabla 1. Elaboración propia

Según las cifras oficiales cubanas, el desempleo en el país era de un 6 % en 2021 y poco más de 1 para 2024. Un dato que resulta propio de un país con buena salud económica, si se le compara con otras naciones. Por ejemplo, para ese mismo año, la tasa de desempleo de Japón era de 2,5; la de USA, 4,1; y la de Canadá, 6, 7.

Sin embargo, esos datos no se corresponden con los indicadores del colapso económico, tales como el tamaño del PIB, varios índices per cápita, la magnitud de la zafra 2024–2025, la pobreza y otros tantos. Es decir, no se puede ser un país con la situación de Cuba y tener un desempleo propio de potencia económica. 

Vale recordar que existe abundante literatura especializada y consenso entre expertos en que el desempleo es una causa de pobreza; luego, países pobres se caracterizan por tener altas tasas de desempleo. Por solo mencionar: Haití tenía un 15 % de desempleo en 2023 y Sudán del Sur un 13 % en 2024. De ahí que tenga sentido realizar otro cálculo del desempleo en Cuba (para que la cifra se parezca más a la realidad antes mencionada).

Para realizar dicho estimado, la propuesta de este material es calcular cuántos trabajadores podría emplear actualmente el Estado cubano y garantizarle un salario digno, es decir, un salario que costee las necesidades básicas. Para ello, se tiene que:

Lt​=WBt​​​/12PBt

Donde: 

Lt​: Empleo efectivo (número que se pueden ocupar) en el período t.

WBt: masa salarial nominal anual: suma de todos los salarios pagados en el año t

PBt: Costo nominal mensual de la canasta de referencia (por ejemplo, la candaste de bienes y servicios de referencia) en el período t.

Y, ante la falta de datos actualizados sobre el empleo en Cuba, se realizó una estimación de distintos escenarios, a partir de precios de diciembre de 2024 y el primer trimestre de 2025 (Tabla 2), es decir, teniendo en cuenta diferentes valores de una canasta de bienes y servicios de referencia, calculados a partir de precios oficiales y del mercado informal.

Tabla 2. Elaboración propia

El resultado indica que, a inicios de 2025, la economía estatal y militar solo podía darle trabajo a un pequeño porcentaje del personal que tenía contratado. Las cifras oscilan entre el 19,78 % y el 2,77 %, según se consideraran los precios oficiales y los reales, respectivamente; o, lo que es lo mismo, el desempleo real estatal o desempleo por salario real elevado (real-wage unemployment) giraba, a comienzos de año, entre el 80,22 % y el 97,23 % del total de empleados en ese sector. A la economía socialista «le sobran» entre 2,5 y 3 millones de trabajadores.

Lo que se traduce en que el Estado cubano solo puede contratar realmente una cantidad de entre 614 345 y 85 992 personas aproximadamente, de sus 3 105 400 empleados (cifra de 2024), dado el nivel de precios de la economía. Y, visto desde otro ángulo: el régimen cubano mantiene una plantilla inflada o un desempleo solapado de, como mínimo, casi 2 500 000 trabajadores; una cifra muy diferente a las que se publican oficialmente.

Estos resultados no tienen precedentes en el mundo actual; sin embargo, se ajustan a las condiciones de un país donde el salario mínimo es 36 veces inferior al que se necesita para costear las necesidades básicas, la infraestructura está colapsada y la exportación de trabajo semiesclavo, el secuestro de consumidores y las remesas generan más divisas que toda su economía productiva junta.

¿De cuánto sería un salario digno en Cuba hoy?

Para tener un salario digno en Cuba en 2025 se necesita ganar entre 31 656 y 68 963 CUP.

3–4 minutos

Por: Miguel Alejandro Hayes

El salario en Cuba es muy bajo. Lo demuestra el hecho de que 5 839 pesos cubanos (CUP) —salario medio en 2025— apenas cubrían un 10 % del costo de la alimentación en el primer trimestre del año, cuyo valor ascendía a 53 049 CUP, cifras que apenas encuentran comparación en el panorama regional.

***

Para calcular la base salarial de un país es necesario establecer un salario mínimo. Este se estima a partir del valor de una canasta de bienes y servicios de referencia (CBSR), también llamada canasta familiar, que no es más que el costo de adquisición de un conjunto de bienes y servicios básicos para un ciudadano.

En el caso de Cuba, las autoridades dijeron que, a partir de 2021, el valor de esa CBSR sería de 1 528 pesos cubanos. Como resultado, dichas autoridades económicas establecieron que el salario mínimo pasaría a ser de 1 910 CUP para 40 horas semanales, mientras que 2 100 pesos se fijaron para 44 horas1 (cifra que aún no se ha actualizado).

Conviene aclarar que las autoridades cubanas explicaron haber obtenido esa cantidad multiplicando 1 528 por 1,3; y aunque dicha operación da 1 986 pesos —lo que revela un error de cálculo de los tecnócratas del régimen—. Además, el oficialismo realizó diversas explicaciones, pero nunca dejando lo suficientemente claro el cálculo que respaldaba sus cifras.

Por otro lado, dado que las proyecciones del régimen cubano para fijar un salario quedaron muy por debajo del costo real de la vida, realicé una estimación alternativa para la CBSR en abril de 2021. Para ello se tuvieron en cuenta las Guías Alimentarias para la Población Cubana Mayor de 2 Años de Edad (2003), aprobadas por el Ministerio de Salud Pública, además de los precios reales de la economía, recopilados mediante encuestas de elaboración propia.

Los resultados indicaron que, solo para el primer trimestre de ese año, el salario mínimo oficial apenas cubría la tercera parte de una canasta de bienes y servicios ajustada a los precios reales de la economía cubana (4 357,35 CUP).

Posteriormente, el economista cubano Omar Everleny Pérez ha realizado una serie de estimaciones anuales de la CBSR para principios de 2024 y 2025. Para ello utilizó la norma de alimentación presentada por la CEPAL y los precios publicados por la Oficina Nacional de Estadística e Información (datos oficiales). Sus resultados señalan que el costo real de una CBSR era de 9 987.5 y 22 700 CUP en los años respectivamente mencionados.

Se debe mencionar que, de manera independiente, realicé también otras estimaciones para 2025 (tabla 1) con la misma metodología empleada en 2021 (y datos de la ONEI), obteniendo los 53 049 CUP a los que se hizo referencia anteriormente.

Tabla 1. Elaboración propia

La magnitud del costo de la vida obtenida en estas últimas estimaciones deja a los salarios y pensiones muy por debajo de las necesidades básicas, tal y como se aprecia en la Tabla 2, la cual recoge el salario medio de los diez sectores que más trabajadores emplean y las pensiones, según datos de la ONEI.

Tabla 2. Fuente: ONEI

Esta evidente subvaloración del costo de la vida por parte del castrismo indica que, si se desea establecer un salario digno para los cubanos —es decir, un ingreso que cubra de manera razonable las necesidades básicas—, deben tomarse una CBSR de fuentes alternativas.

Por su parte, con estas estimaciones acá mencionadas puede calcularse un salario mínimo digno para los empleados cubanos (Tabla 3) multiplicando las distintas CBSR alternativas por 1,3, el factor utilizado por el castrismo para fijar la base salarial.

Tabla 3. Elaboración propia

Así, para tener un salario digno en Cuba, en el primer trimestre de 2025 era necesario ganar entre 22 700 y 68 964 CUP, en dependencia de la estimación; mientras que en 2024 la cifra rondaba los 9 987,5 CUP.

Por último, vale destacar que la brecha entre las estimaciones estimadas se debe, sobre todo, a la diferencia entre los precios oficiales (utilizados por el economista Omar Everleny Pérez) y aquellos con los que interactúa realmente el ciudadano, que recogí a partir de encuestas.


Notas

  1. En Cuba, en muchos centros de trabajo, se labora los sábados alternos, lo que equivale a 44 horas semanales. ↩︎

Cuba y la religión, 1959-2025: las florecientes comunidades protestantes

Los movimientos protestantes han crecido en Cuba en los últimos años, a pesar del régimen.

7–10 minutos

Por: Marcos Antonio Ramos

En medio del desastre cubano, un grupo creciente de comunidades protestantes ha alcanzado un crecimiento jamás imaginado a inicios de la República.

El artículo de Blas Roca, que en cierta forma dio inicio al tema de la “lucha contra las sectas religiosas”, coincidió, a partir de 1963, con una persecución a las sectas no tradicionales, como los testigos de Jehová, los gedeonistas y los pentecostales; pero ya iba reflejando una política que se extendería a los protestantes tradicionales.

A pesar de los primeros datos que ofreceremos, caracterizados por la represión oficialista, el protestantismo se extiende ahora incluso a los lugares más apartados de Cuba.

Si algo no ha fracasado en Cuba, ha sido el proyecto de crecimiento de las iglesias evangélicas. Veamos.

En 1963, año de la publicación mencionada, fue intervenido el Instituto Bíblico de las Asambleas de Dios (Iglesia Evangélica Pentecostal de Cuba), en Manacas, Las Villas, y se confiscó toda la propiedad del mismo.

Se iniciaron campañas locales contra “las sectas”, cerrándose numerosas casas utilizadas para cultos religiosos e incluso algunas capillas, entre ellas el amplio teatro utilizado en Colón como templo y centro de actividades de una denominación pentecostal.

Debe aclararse que las Asambleas de Dios eran solo uno de los varios movimientos pentecostales, cuya teología, aunque coincidente con la de otros evangélicos en aspectos fundamentales, tenía características propias, con énfasis como la sanidad de enfermos mediante oración y una liturgia altamente emocional.

Los “gedeonistas” o Bando Evangélico Gedeón, movimiento fundado en Cuba, a pesar de utilizar el nombre “evangélico” como parte de su identificación, se diferenciaban de otros cristianos no católicos en aspectos fundamentales, y sus activistas vestían de blanco, algo que el Gobierno utilizó para identificarlos.

Su observancia del sábado y de una dieta comparable a la judía les diferenciaba de otros sectores considerados evangélicos.

Los testigos de Jehová fueron los más perseguidos. Se cerraron todos sus lugares de culto, llamados por ellos “Salones del Reino”. Nos referimos a cientos de capillas o lugares de culto.

El rechazo de los testigos a saludar la bandera y a prestar servicio militar les costó cárcel, persecución y discriminación, además de sufrir una campaña, en gran parte estimulada —como en el caso de los otros dos grupos—, por discursos de Castro y por artículos como el de Blas Roca, difundidos ahora por toda la prensa oficial.

Las iglesias protestantes históricas de Cuba —Episcopal (Anglicana), Bautista, Metodista, Presbiteriana, Cuáquera, etc.— vieron expulsados del país a cientos de misioneros norteamericanos y confiscadas sus escuelas (más de cien, además de escuelas parroquiales) ese mismo año, 1961.

Pudiera añadirse que bautistas, episcopales, metodistas, presbiterianos y adventistas tenían escuelas en todas las ciudades importantes del país e infinidad de escuelas parroquiales, además del centenar de escuelas más conocidas. Como en el caso de las escuelas católicas, algunas de las protestantes estaban entre las más reconocidas del país. Una de ellas, el Colegio Presbiteriano “La Progresiva de Cárdenas”, era considerada generalmente como la que contaba con mayores recursos en el interior del país, pues era financiada por el Sínodo Presbiteriano de Nueva Jersey y vinculada a la Universidad de Princeton, así como también el acreditado Seminario Evangélico de Teología de Matanzas, auspiciado por varias denominaciones. El Seminario de Matanzas formaba clérigos de varias denominaciones, pero otras denominaciones operaban una docena de instituciones teológicas en el país.

La confiscación de toda la prensa afectó al catolicismo más que al protestantismo debido a su influencia en la mayoría de los diarios y revistas. El decano de la prensa cubana era un notable periódico católico, el “Diario de la Marina”, uno de los primeros en ser confiscados. La prensa identificada oficialmente con las iglesias desapareció junto con la de carácter secular.

En 1959, los protestantes disponían de más de un centenar de programas radiales y, como hacían también los católicos, transmitían por televisión programas especiales. El ministerio radial de los evangélicos era el más extenso de toda América Latina y fue eliminado por completo.

Los acontecimientos siguieron llenando de consternación a las iglesias. En 1965, más de cincuenta ministros bautistas fueron puestos en prisión al ser acusados de colaborar con la CIA y de beneficiarse de remesas enviadas por la Convención Bautista del Sur, transgrediendo aspectos de la política monetaria oficial (según la versión del Gobierno). No serían ellos los únicos líderes cristianos puestos en prisión por períodos que van desde uno a diez años de cárcel.

Como sucedió con sacerdotes y seminaristas católicos, ministros y estudiantes de teología evangélicos fueron confinados al trabajo esclavo de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), suspendido ante la protesta de todo tipo de instituciones internacionales y de organismos eclesiásticos. Debe reconocerse que el peor trato se reservó para adventistas y testigos de Jehová, así como para miembros del Bando Gedeón (gedeonistas), que, como los grupos anteriores, sobrevivieron la represión oficialista.

A pesar de actos represivos de esa naturaleza, el catolicismo se mantuvo presente y activo en medio del hostigamiento al que sus líderes y feligreses fueron sometidos. En cuanto a las iglesias protestantes históricas y otros grupos cristianos no católicos, estos crecieron en feligresía como nunca antes.

La enseñanza del materialismo histórico y dialéctico y el uso de manuales ideológicos procedentes de la URSS y los llamados “países del mundo socialista” solo tuvieron el efecto de ejercer alguna influencia sobre un porcentaje reducido de cubanos. La Biblia continuó siendo, a pesar de las dificultades impuestas a su circulación, el libro más leído por el pueblo cubano.

De 360,000 en 1954 (según estudios de la Agrupación Católica Universitaria), la comunidad de cristianos no católicos ascendió aproximadamente, como hemos visto, a un millón en la década del 2020. Más de la mitad de esos creyentes están inscritos como miembros activos de congregaciones y parroquias. Una de las mejores fuentes que reconocemos para este período es una encuesta relativamente reciente del Instituto Arrupe, de filiación jesuita.

La asistencia regular a los cultos dominicales supera ya los 600,000 y continúa creciendo. Grupos considerados por algunos como marginales, como los testigos de Jehová, cuentan con más de 100,000 activistas y una cifra comparable asiste a estudios bíblicos ofrecidos en los hogares.

Los bautistas cuentan con cifras superiores a los 100,000 practicantes. La Iglesia Metodista cuenta con cinco veces más feligreses que en 1959. Así han crecido también bautistas, adventistas, pentecostales, etc. Solo las iglesias Presbiteriana y Episcopal (Anglicana) no han alcanzado un crecimiento comparable.

Por citar un caso dramático, los movimientos pentecostales agrupan casi a un cuarto de millón de feligreses. Bastaría con tener en cuenta que las muy perseguidas Asambleas de Dios (Iglesia Evangélica Pentecostal), el mayor de esos grupos, supera por sí sola los 100,000 miembros activos. Otras fuentes indican que se aproxima a 150,000 feligreses en total.

Obligado por realidades que no pudo controlar, el Gobierno flexibilizó relativamente el uso de casas y locales de reunión para las iglesias. En parte se debe a la ausencia de materiales para construcción y reparación de edificios. Pues bien, es probable que cada fin de semana se celebren reuniones en unos 5,000 locales, llamados a veces “casas culto”. Casi todas las 1,000 iglesias y capillas existentes en 1959 se ven obligadas a celebrar varios cultos dominicales (o sabáticos, en el caso de los adventistas).

Regresando al panorama total, el avance católico es también apreciable. Cientos de miles de cubanos asisten ahora regularmente a misa, y no solo los cerca de 100,000 de las cifras de 1962. Pero en el caso protestante, todo indica que Cuba sigue el camino del extraordinario avance protestante en América Latina. El fracaso de la política oficial en el caso del catolicismo es más evidente en el sector protestante. La Iglesia Católica y las comunidades protestantes son parte integral y creciente de la población cubana.

Como en el caso de las monumentales visitas papales, aunque con cifras menores, reuniones masivas de los evangélicos, autorizadas coyunturalmente como en el caso de la presencia del Papa, han reunido cifras mayores que los actos oficiales.

En conclusión, “La lucha ideológica contra las sectas religiosas” ha sido un fracaso, a veces mayor, en proporciones, que otros de los desastres de estos 66 años. Cualquier avance que se atribuya al régimen en aspectos como el educativo y el sanitario, al ser comparado con la situación en 1958, se derrumba ante datos concretos.

La Cuba de 2025 es un país que está sumido en una crisis demográfica. Su población ha decrecido en más de dos millones de habitantes en los últimos cuatro años y solo alcanza los nueve millones de personas. Millones de cubanos han abandonado el país y cientos de miles de sus compatriotas han abandonado el Partido Comunista y las “organizaciones revolucionarias”.

Y ni siquiera hemos escrito sobre la religiosidad popular, ese “sincretismo religioso” que es parte del panorama de creencias en Cuba y el resto del mundo. Nos hemos limitado a lo que pudiéramos considerar como algo más organizado, pero las cifras de creyentes que no se incluyen en los grupos institucionalizados que se han mencionado son otra demostración del gran fracaso al que nos hemos referido. Habrá oportunidad para tomarlos en cuenta. Son tan cubanos como los otros.

Finalmente, al menos por el momento, queda algo en el ambiente que no podemos visualizar plenamente ni describir en detalle, pero que sería parte del futuro panorama cubano. Nos referimos al papel que inevitablemente jugará la creciente comunidad religiosa al llegar el momento de enfrentar la parálisis, el caos y los cambios que la situación actual cubana ya nos va dejando ver por adelantado.

Cuba y la religión, 1959‑2025: el catolicismo en la Cuba de hoy

7–10 minutos

Por: Marcos Antonio Ramos

La política religiosa del régimen no debe atribuirse específicamente a los que serían designados para el Departamento de Asuntos Religiosos en el Partido Comunista, que, para 1960, comenzó a ser el único permitido en el país. Tampoco puede atribuirse a un alto funcionario en particular, sino a muchos de ellos, sobre todos los formados en el antiguo partido, fundado en 1925 como Partido Comunista de Cuba, afiliado a la Internacional Comunista. El Partido cambió de nombre a Partido Socialista Popular a partir de 1943. En los años sesenta se transformó en las ORI, es decir, Organizaciones Revolucionarias Integradas (1961), luego en Partido Unido de la Revolución Socialista (1963) y, finalmente, en Partido Comunista de Cuba (1965), único partido permitido en el país.

La historia de la lucha de la resistencia al régimen castrista, sobre todo desde  1960, incluiría a los más prominentes líderes juveniles católicos y a algunos protestantes notables. Convertir este recuento en una lista de personalidades requeriría un espacio demasiado largo. Nunca antes el liderazgo laico, con el apoyo de líderes eclesiásticos, había sido tan amplio e intenso en su oposición a un gobierno latinoamericano, pero nuestro tema principal será mostrar evidencias claras del fracaso de la política oficial hacia la religión.

En  1961, todas las escuelas privadas del país fueron confiscadas utilizando la palabra “nacionalización”. En el caso de los católicos, esos cientos de escuelas se extendían, como las protestantes, por todo el país. Algunas de ellas, como el Colegio Belén y las escuelas De La Salle, competían entre las mejores del país.

Debe mencionarse que la oposición a Batista en las escuelas católicas había sido casi tan importante como la de los estudiantes en la Universidad de La Habana. No importó para nada al gobierno la larga lista de nombres de estudiantes católicos que se opusieron a Batista. La lista sería mucho más larga en la resistencia al Gobierno Revolucionario. No puede hablarse de lucha contra el régimen castrista sin mencionar cifras altísimas de estudiantes católicos que se destacaron en esos intentos, decenas de los cuales fueron fusilados y centenares fueron víctimas del oprobioso sistema carcelario imperante en el país.

Después de la derrota del grupo expedicionario Brigada  2506 en abril de  1961, la represión contra actividades de las iglesias fue en aumento. Cientos de clérigos católicos fueron obligados a abandonar el país, incluyendo incluidos líderes de la jerarquía, como Monseñor Eduardo Boza  Masvidal, y religiosos, entre ellos un alto número de monjas.

La represión a las procesiones religiosas en honor a la Virgen de la Caridad del Cobre en septiembre de 1961 fue un bochornoso anuncio de la nueva política religiosa hacia los católicos. Poco después ocurrirían hechos de esa naturaleza dirigidos a los protestantes, aunque no recibieron tanta cobertura en la prensa.

La primera gran ofensiva contra la práctica pública de la religión se dirigió básicamente contra el episcopado y el clero, extendiéndose a la Acción Católica. Con gran rapidez se logró reducir las misas y otras ceremonias al interior de los templos. Como señala Blas Roca en su trabajo, el régimen evitó cerrar los templos, pero su presentación de datos como exacta era claramente inexacta. A partir de 1962, las organizaciones de laicos católicos quedaron reducidas a la mínima expresión.

En gran parte, la política se dirigió a dificultar la práctica religiosa. Se organizaron actividades los domingos para evitar la asistencia a misa y, aunque se permitió la enseñanza del catecismo dentro de los templos, la participación de niños y jóvenes se redujo a cifras poco menos que insignificantes. La educación que recibían en las escuelas dificultaba su práctica religiosa hasta llegar, a veces, a extremos de adoctrinamiento constante.

Ya en 1962 era difícil para creyentes que se identificaran como tales ocupar posiciones como maestros o profesores. En los empleos de mayor importancia se iba reduciendo cada vez más el número de quienes se identificaban como católicos o protestantes. La admisión de nuevos estudiantes universitarios, o de algún nivel superior al secundario, resultaba prácticamente imposible, aunque se hicieron algunas excepciones.

Con un número de sacerdotes que escasamente sobrepasaba el centenar, era fácil estar informado sobre la expulsión masiva de los mismos, y la ausencia del clero extranjero, que permitía resolver la tradicional escasez de vocaciones sacerdotales cubanas, era cada día más evidente. Hasta  1961, la presencia de clérigos nacidos en España era apreciable; a partir de esa fecha se redujo considerablemente. Algunos sacerdotes misioneros canadienses pudieron continuar a cargo de parroquias, pero su número era insuficiente.

Por citar un ejemplo, dos o tres sacerdotes canadienses que lograron mantenerse en Colón realizando sus labores se vieron obligados a atender cuatro o cinco parroquias en la vasta región cuya cabecera era Colón, principal ciudad de gran parte de la provincia de Matanzas.

Se mantuvieron abiertos los seminarios para la educación de aspirantes a la ordenación en La Habana y Santiago de Cuba, pero la mayoría de los centros de formación de órdenes religiosas encontraban difícil su funcionamiento. El Seminario San  Alberto Magno de Colón, a cargo de los padres de las misiones extranjeras de Canadá, se vio obligado a interrumpir las clases, y el local, contiguo al nacionalizado Colegio Félix Varela, se convirtió en centro de retiros a cargo de monjas, como las que atendían otra escuela contigua, el Colegio Inmaculada Concepción.

A duras penas se mantuvo la publicación de una hoja parroquial. El seminario “La Quincena”, de amplia distribución nacional hasta fines de  1961, dejó de funcionar, en parte por decisión arquidiocesana ante la imposibilidad de disponer de materiales de impresión. Se mantuvo una sola sección católica en la prensa, específicamente en el diario “El Mundo”. Toda la prensa nacional había sido nacionalizada. La programación radial y televisiva que utilizaba la Iglesia fue interrumpida por completo. No se continuó transmitiendo la misa dominical en los medios de comunicación.

La Iglesia Católica tuvo que suspender las procesiones religiosas en días especiales, como los dedicados a la Virgen de la Caridad del Cobre, Santa Bárbara, etc. No se lograba celebrar, fuera de los templos, festividades como la Navidad y la conmemoración de la Semana Santa. Cada día era más difícil obtener Biblias y casi todo tipo de material religioso, como libros, imágenes, estampitas de la Virgen María y santos rosarios. Durante mucho tiempo no se facilitaban materiales para reparar templos de las diversas confesiones.

Hasta entrada la década de 1980 prevaleció, hasta cierto punto, lo que en Europa Oriental se llamaba “la Iglesia del Silencio”. Las pastorales del Episcopado y las encíclicas papales solo recibían atención en ceremonias religiosas dentro de los templos. La influencia del nuncio apostólico Cesare Zacchi contribuyó a aliviar la situación y a obtener algunas concesiones, siempre que no se atacara la política oficial.

Algunos consideran que, durante la década de 1970, la asistencia a la misa católica dominical no llegaba a las cien mil personas en un país que avanzaba gradualmente hacia diez millones de habitantes.

Las clases altas del país emigraron masivamente hacia Estados Unidos, España y otros países a partir de  1960. Por lo tanto, la Iglesia había perdido la mayor parte de sus recaudaciones, situación agravada por la intervención de colegios. Sin embargo, el catolicismo no dejó de ser un factor importante, como lo demuestran las futuras actividades de Fidel Castro y algunos líderes que lograron atraer apoyo de los partidarios de la Teología de la Liberación y, posteriormente, consiguieron, a fines del siglo XX y principios del XXI, visitas papales que llevaron al gobierno a hacer concesiones.

Las conversaciones de Castro con el religioso brasileño conocido, sobre todo, como Frei Betto, y algunas reuniones internacionales ayudaron a flexibilizar en algo la política oficial, pero fue el trabajo de sacerdotes y religiosos cubanos, ayudados por laicos que permanecieron fieles a la Iglesia, lo que mantuvo la presencia del catolicismo en el país. Hay que señalar el apoyo recibido de entidades católicas internacionales como Cáritas, que se convirtió en un factor importante de ayuda, sobre todo después de la disolución de la Unión Soviética, que, hasta la década de 1980, mantenía en pie la economía cubana, aunque nunca alcanzó los niveles anteriores a 1959.

El gobierno se acercó al segundo cardenal designado para Cuba, Jaime Ortega  Alamino, y contó con la colaboración del padre Carlos  Manuel  de Céspedes y García Menocal, elevado al rango de monseñor. Pero tanto Ortega como el resto del Episcopado cubano iniciaron un proceso de proclamación de cartas pastorales señalando las limitaciones del sistema, de forma cuidadosa, pero fácil de interpretar. El catolicismo se renovaba.

Al llegar esta tercera década del siglo XXI, abundan los sacerdotes y laicos que enfrentan las restricciones todavía existentes y se oponen al sistema autoritario con el que se gobierna el país. Son casos que, al principio, eran aislados, pero se han ido extendiendo. La sociedad civil se ha ido manifestando en medio de un entorno de carencia casi absoluta de todo tipo de comodidades y de la ausencia de una alimentación adecuada.

Los edificios han ido cayendo, la infraestructura se ha ido inutilizando, la producción agrícola casi ha desaparecido en renglones específicos y el país ni siquiera cuenta con cifras presentables de producción mínima en industrias tan vitales como la azucarera. Esos temas están siendo atendidos en esta publicación, utilizando la experiencia y los conocimientos de economistas y otros especialistas.

Cada vez menos cubanos se inscriben en el Partido Comunista y en las organizaciones de masas, mientras un número relativamente alto de cubanos ha reiniciado su vida religiosa. Esa situación es, a veces, más visible en sectores de religiosidad popular y en la cada día más creciente y extendida actividad de las iglesias evangélicas o protestantes, así como en grupos con escasa feligresía en 1959, como los testigos de Jehová, que ya pueden exhibir, en algunas poblaciones del interior, cifras ahora comparables a las de grupos tradicionales.

Indicadores per cápita de la economía cubana: las cifras ocultas de un colapso

Las cifras muestran una vez más que Cuba solo es comparable con un Estado fallido como Haití.

3–5 minutos

Por: Miguel Alejandro Hayes

La economía cubana está peor de lo que parece; al menos de lo que muestran todavía informes y discursos políticamente correctos dentro de espacios académicos. Y es que, el trabajo con datos oficiales produce distorsiones que conducen a romantizar el colapso económico cubano y subestimar su impacto, el cual no es captado aún en toda su dimensión por los medios y estudiosos. Por eso es necesario comprender la magnitud de esa realidad, trascendiendo las cifras oficiales.

Una de las maneras más sencillas de hacerlo, y que además dialoga con el lenguaje de instituciones respetadas, es a través de los indicadores convencionales. Entre estos destacan los de la familia de los per cápita , es decir, las medidas económicas que buscan cuál sería el promedio por habitante de cada indicador.

Asimismo, de cara al debate público e investigativo, para reconstruir o rescatar indicadores per cápita sobre la economía cubana solo se necesita como punto de partida recalcular o reestimar ciertos macroagregados y combinarlos con algunos de los datos oficiales (de ser posible).

Para ello, ya se cuenta con la estimación alternativa sobre el Producto Interno Bruto (PIB) cubano para 2021, la cual permitió conocer un grupo de las subcuentas que lo conforman (vale destacar que el principal antecedente de dicha estimación fue realizado para el año 2014, pero abandonado por economistas cubanos).

Entre esos índices per cápita necesarios y más útiles para mostrar el estado de cosas de la economía cubana podrían estar: importaciones, importación de bienes de capital, importación de bienes de consumo, importación de alimentos, valor total de la inversión en alimentos, consumo de alimentos, consumo de bienes, inversión, exportaciones, exportación de bienes, exportación de servicios. (Tabla 1).

Las cifras muestran una realidad clara: indicadores de consumo, de producción y eficiencia propios de un sistema colapsado. La economía cubana solo invierte en alimentos —tanto importados como de producción local— equivalentes a 20 dólares mensuales por habitante, de los cuales 15 corresponden a origen importado y casi 4 a producción local. El valor final del consumo de alimentos, es decir, medido a través de los precios finales de consumo, es de 68 dólares mensuales por cubano, mientras que el de bienes, que incluye alimentos, es de 78 —apenas 10 USD más—. Esta última cifra sugiere que el consumo promedio de un cubano, una vez alimentado, en otros productos como ropa, calzado o simplemente un adorno, es de apenas 10 dólares mensuales.

En materia de producción y eficiencia, la realidad es similar. La inversión por habitante es de 731 USD anuales, con una cifra muy similar a las exportaciones (726). De esta última se debe señalar que su desagregación muestra que la economía cubana apenas exporta en bienes 187 USD anuales por habitante, siendo casi tres veces menor que la exportación per cápita de servicios (539). Lo que sugiere que, entre ingresos por turismo, recargas internacionales a celulares cubanos y la exportación de trabajo semiesclavo de profesionales de la salud, se genera casi tres veces más que la producción de bienes. A lo que, de manera especulativa, se pudiera agregar que es posible que la exportación del trabajo de médicos genere más ingresos que la producción cubana de bienes, como clara señal de la incapacidad productiva de la nación.

Por otro lado, lo expuesto acá no es tan eficiente para mostrar las condiciones de la economía cubana como una simple comparación. Por eso, es necesario mostrar los datos en relación con los otros países más pobres de la región (Tabla 2).

Ahí se observa cómo Cuba es el país —solo superado por Haití— que menos importa bienes per cápita, además de que ocupa igual posición en materia de exportaciones. Sobre esto último, también es necesario mencionar lo que podría ser una brecha estructural, ya que Cuba necesitaría aumentar sus exportaciones casi cinco veces para alcanzar a la nación que la precede en el ranking de exportación per cápita regional (Bolivia), que es el cuarto país más pobre del área. Además, Cuba es el país de ese mismo grupo desfavorecido que menos capacidad tiene para financiar sus importaciones de productos con sus exportaciones, superando incluso a Haití.

Por último, solo queda mencionar que las cifras muestran una vez más que Cuba solo es comparable con un Estado fallido como Haití.

Notas:

1: X: Exportaciones; M: Importaciones; (M/X-1)100: porcentaje que representa las importaciones de las exportaciones.  

La zafra azucarera 2024-2025 en Cuba

Cuba solo ha sido capaz de producir alrededor de 140 000 toneladas métricas en la zafra 2024-2025.

5–7 minutos

Por: Francisco Díaz Pou

El clima en las islas del Caribe, muy típico de las regiones tropicales, se caracteriza por sus dos estaciones: lluviosa y seca. Desde noviembre hasta abril el llamado invierno se manifiesta con temperaturas menos cálidas y una disminución considerable de las lluvias. Los otros seis meses del año, el verano, se distinguen por sus temperaturas extremadamente cálidas y las lluvias frecuentes. Por supuesto, esto sin considerar el paso de las tormentas tropicales y huracanes.

Es en la segunda mitad del invierno caribeño donde el contenido de sacarosa en las cañas de azúcar es el más elevado. Este es el momento de cosechar las cañas e iniciar rápidamente su transformación en azúcar, miel y otros productos derivados de la misma. Al iniciarse la temporada de lluvias, la zafra -o cosecha- de la caña se detiene por Múltiples razones, desde la disminución de sacarosa en la planta hasta la dificultad en trasladarla a los centrales para su elaboración.    

A principios de este mes de junio de 2025 debe haber concluido la zafra que se inició con grandes retrasos en enero de este año y que se anunció como una de corta duración. Lamentablemente, el plan de producción no se cumplió y la zafra se prolongó hasta mayo, cuando comenzaron las lluvias.

Solo quince centrales en 13 de las 15 provincias del país participaron en esta zafra 2024-2025. En la 1959-1960, la última realizada por el sector privado antes de que el régimen castrista se apropiara de todas las empresas azucareras sin compensación, participaron 161 centrales y, en 87 días efectivos de molienda, produjeron 5 963 985 toneladas métricas de azúcar y 9,5 millones galones de mieles, equivalentes a 36 416 toneladas métricas de azúcar1. Es decir, en la zafra 1959-1960 se produjeron unos seis millones de toneladas métricas de azúcar en menos de tres meses. 

El gobierno cubano no ha publicado el volumen de azúcar y mieles producido en las últimas zafras. El exministro de Economía y Planificación, José Luis Rodríguez, en un artículo publicado en la oficialista Cubadebate el pasado febrero, planteaba lo siguiente: 

“La zafra del 2024 supuso una cifra de azúcar planificada de 412 mil TM, alcanzándose solamente el 39%, unas 160 mil TM, en una campaña fuertemente afectada por la falta de combustible y piezas de repuesto para equipos agrícolas e industriales.”  

La producción citada por José Luis Rodríguez está al mismo nivel que la del quinquenio 1841-45 en el que el promedio anual era de aproximadamente 165 mil toneladas métricas2.

Estimo que Cuba solo ha sido capaz de producir alrededor de 140 000 toneladas métricas en la zafra 2024-2025. Estos niveles de producción son comparables con lo que se alcanzaban hace 180 años, cuando se abandonan los métodos típicos de una producción artesanal y se incorporan nuevas técnicas desarrolladas por la industria europea en la producción de azúcar de remolacha.

Si analizamos las causas del deterioro de la industria, considerada hace un siglo como la mayor productora de azúcar del mundo, podemos identificar dos áreas fundamentales en las que se han congregado los males que la afectan. En el área agrícola, la escasez de materia prima; y en el área industrial, el deterioro de la planta industrial, unido a el deficiente sistema de transporte de la caña a los centrales, son, en líneas generales las causas que han provocado la casi extinción de la azucarera del mundo.

La crisis de la agricultura en Cuba también afecta al cultivo de la caña de azúcar. Durante la Gran Depresión que alteró la economía mundial en 1929 y años subsiguientes, la demanda del azúcar descendió considerablemente y la producción fue reajustada. Ante tal incertidumbre, el trabajo se redujo en la siembra, limpieza y abonado de los cañaverales. Esta reducción en los trabajos agrícolas produjo una caída en el volumen de caña molida, y su calidad afectó el rendimiento industrial, produciendo una contracción de la producción azucarera. Tan pronto se reanudaron los trabajos agrícolas, la producción azucarera retornó a sus niveles anteriores.

Fuente de los datos: Anuario Azucarero de Cuba, págs. 92-93.

La actual crisis del sector agrícola de la industria azucarera en Cuba se asemeja a la de los años treinta, pero aquella fue coyuntural mientras que la presente es sistémica. En la crisis de los años treinta del siglo pasado, una de las piezas fundamentales en la industria azucarera era el empresario agrícola, el colono. 

El gobierno basado en el censo de cañas de 1931 asignó cuotas a 28 660 colonos; más adelante, en 1934, durante el gobierno de Ramon Grau San Martin, este creó la Asociación Nacional de Colonos. Este organismo contaba con aproximadamente 50 000 miembros al momento de su fundación. El Gobierno Revolucionario encabezado por Fidel y Raúl Castro, disolvió la organización, eliminando de un golpe la entidad que representaba los intereses de este sector clave de la industria azucarera. Sin empresarios, el sector agrícola ha sido manejado arbitrariamente por el Gobierno, que ha demostrado su ignorancia en el empleo de los recursos de la nación y no ha sabido administrarlos en forma eficiente, lo que ha producido el empobrecimiento de la sociedad cubana.

En el área industrial, el régimen castrista ha desviado los recursos del país hacia otras áreas de la economía y le ha sustraído a la industria azucarera los medios para mantener los programas de inversión que se requieren para la renovación de sus activos y poder mantener su competitividad a nivel mundial. La degradación constante de la planta industrial ha provocado que los centrales no puedan operar eficientemente. La mayoría de los centrales que existían cuando el régimen castrista se apropió de ellos se han desmantelado y sus piezas y herramientas se han utilizado en los que se mantienen moliendo. Este modus operandi se repite en otros sectores agropecuarios, así como en el comercio y la industria en general. En sus prioridades de inversión, el régimen utiliza los recursos principalmente para fortalecer su aparato político-represivo. La economía y los gastos sociales se sitúan en posición secundaria.

A principio de enero de 1961, el Gobierno Revolucionario publicó3 la distribución de la producción de la zafra que se había iniciado luego de la confiscación de los centrales azucareros. Para el consumo de la población se destinaron 360 640 toneladas métricas. El consumo per cápita anual se estimó en unas 120 libras de azúcar. El gobierno ha declarado que la zafra azucarera 2024-2025 se destinará totalmente al consumo nacional, por lo que se estima que el per cápita anual será de unas 31 libras de azúcar.   

El pueblo solo recibirá una cuarta parte del azúcar que consumió en 1961, el primer año en que el régimen castrista tomó absoluto control de la industria azucarera cubana. Por supuesto, los miles de millones de dólares que recibía por concepto de exportaciones azucareras es parte de un sueño inalcanzable.

  1. Anuario Azucarero de Cuba 1959, (La Habana: Cuba Económica y Financiera, 1960) págs. 92-93. ↩︎
  2.  Ramiro Guerra, Azúcar y Población en las Antillas (La Habana: Cultural, S.A., 1944) pág. 226. ↩︎
  3. Gaceta Oficial de la República de Cuba, La Habana, Año LIX, núm. 5 ↩︎

Cuba y la religión, 1959‑2025: apuntes sobre un fracaso ideológico

La prensa ya no glorifica el régimen: su fracaso económico y el inesperado vigor religioso presagian un colapso total tras 66 años de gobierno castrista.

8–12 minutos

Por: Marcos Antonio Ramos

La prensa internacional, con excepciones muy escasas, ha dejado de glorificar “triunfos” y “avances” de la política oficial del régimen establecido en Cuba en 1959. Al menos no lo hace con la extensión y frecuencia utilizadas en otras épocas. Curiosamente, una mirada de cerca al panorama del fenómeno que nos ocupa en estos apuntes nos revelará asuntos que quizás hayan sido desatendidos. El fracaso económico y social de más de medio siglo no debe servir para ocultar otras situaciones.

Cuba ya presenta suficientes elementos para asegurar a los observadores imparciales acerca de la proximidad de una paralización en casi todos los aspectos fundamentales de la vida nacional. Enumerar las razones, por ser ellas tan evidentes, es prácticamente innecesario. Y a la paralización seguirá un caos absoluto, preludio y confirmación anticipada del derrumbe de todos los controles ejercidos en el experimento totalitario de 66 años.

Aún así, es posible distinguir señales que indican hacia un futuro diferente. A pesar de todas las medidas represivas y de los intentos por mostrar lo contrario, la comunidad religiosa, tanto en lo institucional como en lo numérico, ha sobrevivido casi siete décadas de un secularismo decadente. Solo la palabra fracaso caracteriza y define la política oficial hacia la religión en Cuba.

En diversos períodos se han formulado elogios y también acusación en relación con la política religiosa del régimen cubano. Pero casi siete décadas es mucho tiempo. Las visitas papales y la del reverendo Jesse Jackson, así como la proclamación de un “estado laico” en 1992, la “autorización” para celebrar públicamente la Navidad y algunas medidas adicionales, aquí y allá, han hecho que, hasta cierto punto, el espacio dedicado al tema haya sido dedicado a otro tipo de noticias.

En cuanto al entorno de las relaciones Iglesia/Estado, el mayor número de informaciones se ha concentrado casi exclusivamente en “concesiones” coyunturales y en reducir al mínimo el impacto que pudiera tener el ambiente religioso en el futuro del país. Utilizando el lenguaje bíblico, «el fin del discurso oído» es que la comunidad religiosa es hoy sumamente superior numéricamente y en actividad a la que una vez los castristas definieron como un “prometedor” proceso de reclutamiento del Partido Comunista, que todavía ejerce el poder en Cuba.

Como ya hemos dado a entender desde los inicios de este trabajo, si nos trasladamos a otros asuntos, resalta, sobre todo, el cada día más evidente fracaso económico de la revolución castrista. En 2025, y en décadas recientes, la población ha carecido literalmente de todo. A esto puede añadirse de manera especial la escandalosa ruina de la producción azucarera y de la agricultura en su totalidad.

Ante nosotros, ya en vísperas de que sea total la paralización del país, el más completo fracaso ya reconocido es la catástrofe económica representada por décadas de fidelismo, comunismo, revolución, o la designación que se prefiera. Los logros que se atribuían en el pasado en aspectos educativos y sanitarios son ahora mejor comprendidos y no coinciden con la propaganda oficial, pero ese desastre económico prevalece en muchas evaluaciones. Y es fácil comprenderlo.

No se trata de dirigir toda la atención a algún personaje encargado de supervisar o ejecutar las disposiciones oficiales al respecto. En nuestro caso, nos corresponde el religioso. El asunto va mucho más allá de todo eso. Para aproximarse al tema es necesario acudir a un recuento de lo acontecido. La situación de la religión y la política oficial hacia la misma no deben subestimarse.

El presente trabajo no pretende agotar el tema. Por espacio de décadas hemos escrito sobre el tema religioso en Cuba, pero prescindiremos de datos que se han ido acumulando y pasaremos por alto infinidad de detalles. Utilizar los materiales acumulados por el autor desde su entrada en el mundo académico en los años setenta del pasado siglo XX haría demasiado larga, y hasta innecesaria, esta presentación. Preferimos presentarla a modo de apuntes. No pretendemos mencionar todos los nombres, acontecimientos y situaciones, los cuales corresponden al nivel de amplio ensayo o de todo un libro.

La inspiración para este artículo procede de personas interesadas en la materia y se relaciona con un artículo, titulado «La lucha ideológica contra las sectas religiosas», publicado por Blas Roca (Francisco Calderío) en la revista Cuba Socialista en la edición de junio de 1953. El peso realidad del mismo recae sobre las llamadas “sectas” y no sobre el protestantismo histórico o el catolicismo, pero permite visualizar todo un mundo de ilusiones que no se convirtieron en enes.

No dudamos de la capacidad política del fallecido dirigente del Partido Comunista en sus diversos períodos (PC, URC, PSP y  PCC). Durante décadas, Roca logró mantener la actividad del partido contra viento y marea. Curiosamente, pudieran señalarse sus buenas relaciones de otras épocas con creyentes del espiritismo y otras manifestaciones compatibles con ese sistema de creencias en su nativo Manzanillo, pero su militancia ateísta aumentó después del triunfo de la revolución castrista en 1959.

Esa “lucha ideológica” parecía imparable al escribirse el artículo en cuestión. Utilizando varias investigaciones, puede afirmarse que la “lucha ideológica” terminó con un rotundo fracaso. Por citar un solo dato, nunca antes la asistencia a los templos, que llegó casi al mínimo en 1963, ha tenido por resultado, si lo queremos ver así, que haya más cubanos asistiendo a la misa católica, un crecimiento fenomenal del protestantismo y la difusión mayoritaria en algunos ambientes populares de una creencia religiosa sincrética a todo lo largo y ancho del país. Entremos, pues, en materia.

Antecedentes

Al ir tomando forma, a partir de 1952, la oposición al gobierno encabezado por el general Fulgencio Batista, un número considerable de laicos, así como de clérigos, se integró a esfuerzos de oposición que iban desde declaraciones y participación en movimientos opositores hasta llegar a un apoyo condicional, o casi incondicional, a la llamada resistencia y a la insurrección.

Un golpe de Estado llevado a cabo el 10 de marzo de 1952 y que fue organizado originalmente por elementos militares insatisfechos con la administración del presidente Carlos Prío, llevó de nuevo a la Jefatura del Estado al exmandatario, y entonces senador, Fulgencio Batista. Un nuevo panorama iba tomando forma en el país. A pesar del impacto causado por la interrupción del ritmo constitucional, el país continuó progresando, la sociedad civil continuó siendo una realidad fundamental y las tradiciones del pueblo se mantuvieron.

Se produjo en amplios sectores una reacción negativa al golpe, evidenciada, entre otros aspectos, por la posición de personalidades católicas y protestantes. Pero importantes líderes eclesiásticos, entre los cuales se destacaba el cardenal Manuel Arteaga, máxima figura del catolicismo en Cuba, enviaron mensajes de saludo al nuevo gobernante. El cardenal Arteaga llegó a hacer elogios en su comunicado al general presidente.

El 20 de marzo, pocos días después del golpe de Estado, el más alto prelado de la Iglesia en Cuba se dirigió oficialmente al nuevo mandatario de la siguiente manera: “Constituido ya su Gobierno, bajo su digna dirección, cúmpleme presentarle, en mi carácter de Arzobispo Metropolitano de La Habana, en mi nombre y en el del Episcopado cubano nuestros mejores votos en pro del orden, la justicia y la paz nacionales. Juntamente expreso mis respetos personales a los demás miembros de su Gobierno”. El Estado Vaticano fue uno de los primeros en reconocer diplomáticamente el nuevo Gobierno.

Estudiantes matriculados en los cientos de colegios católicos y protestantes del país se unieron frecuentemente a los de las escuelas públicas y sobre todo a la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y otras entidades estudiantiles en manifestar de alguna manera su descontento con el golpe de Estado. Esto no debe generalizarse, pero sí documentarse. Ahora bien, la mayoría de la población no participó activamente en el rechazo al acontecimiento. La ausencia de un apoyo mayoritario no oculta otros detalles. Puede hablarse hasta de cierta indiferencia. Un amplio sector, quizás mayoritario, también rechazaba al gobierno derrocado y a otros líderes políticos, incluso integrantes de la oposición.

Independientemente del estilo tradicional y diplomático de la dirigencia eclesiástica, algunos católicos iniciaron protestas contra la nueva situación, produciéndose una manifestación de protesta encabezada por católicos de la ciudad de Guanajay y otros en algunos lugares del país. La oposición de algunos laicos evangélicos también se notó en otros sitios del interior.

Pero Batista respetó la libertad de cultos sin discriminar a ninguna denominación religiosa. Numerosas instituciones católicas recibieron amplias contribuciones económicas del Estado cubano. Sería, sin embargo, entre ellas que surgirían algunos de sus más denodados oponentes, tanto en aspectos cívicos como en los de resistencia e insurrección. Pocos años después de lo ocurrido en 1952, los dos líderes más mencionados después de Fidel Castro serían el católico practicante José Antonio Echevarría y el maestro de escuela y predicador laico bautista Frank País. Este último fue considerado, durante muchos meses, como la segunda figura de la insurrección.

La lista de opositores notables al régimen incluía a algunos de los católicos más conocidos del país, como Andrés Valdespino, o evangélicos como el doctor Llerena. Con la muerte de Frank País, otro evangélico, el médico Faustino Pérez, pasó a encabezar la resistencia en las ciudades. El líder de la Federación de Estudiantes Universitarios, Echeverría, encabezó un ataque al Palacio Presidencial. Un cargamento de armas relacionado con las múltiples actividades del doctor Pérez fue encontrado en un local presbiteriano en La Habana.

Declaraciones del episcopado católico en los años 1957 y 1958 pudieran interpretarse como peticiones de cambio de gobierno, al principio, y luego de renuncia a sus cargos por parte de Batista y sus altos funcionarios. Meses después, las firmas de la directiva de la Acción Católica y de otras organizaciones con esa afiliación religiosa, así como la del Concilio Cubano de Iglesias Evangélicas, constituyeron específicamente solicitudes de la renuncia inmediata del gobierno. El Concilio de Iglesias y la Acción Católica estaban integrados en ese esfuerzo a las otras organizaciones del prestigioso Conjunto de Instituciones Cívicas de Cuba, institución de la cual era secretario ejecutivo un prominente pastor evangélico de afiliación presbiteriana.

Al producirse en enero de 1959 el triunfo de la revolución castrista, todo aparentaba ser favorable a las relaciones Iglesia/Estado. Con pocas excepciones no se notaba oposición religiosa al régimen. Es más, antes de terminar el año 1959 se celebró un multitudinario Congreso Nacional Católico en La Habana, en el cual se atacó el comunismo, pero no a la revolución. Funcionarios tan significativos como Fidel Castro y el recién designado presidente Osvaldo Dorticós estuvieron presentes.

Ya se habían celebrado en la capital y otras ciudades reuniones de católicos o de protestantes en las cuales se combinaba la oposición al comunismo y el apoyo a la revolución. El gobierno prometía mantener el laicismo en las escuelas y entidades públicas (situación existente en Cuba desde los inicios de la República), pero otorgaría el mayor grado de libertad religiosa imaginable.

Los colegios religiosos católicos se contaban por cientos y los protestantes poseían mucho más de cien. Al principio no se les molestó. Los conflictos originales con la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva en La Habana parecieron resueltos con la designación de monseñor Eduardo Boza Masvidal como rector. Pero el panorama estaba a punto de cambiar radicalmente.

El fin de la expansión de la industria azucarera en Cuba

En la segunda década del siglo pasado, luego de una expansión sin precedentes, la industria azucarera se enfrentó a un período de inestabilidad para la cual tanto ella como el gobierno no estaban preparados.

6–9 minutos

Por: Francisco Díaz Pou

En la segunda década del siglo pasado, luego de una expansión sin precedentes, la industria azucarera se enfrentó a un período de inestabilidad para la cual tanto ella como el gobierno no estaban preparados.

La producción azucarera del país aumentó un 430%, entre 1902 y 1927 1 , gracias a un clima de relativa estabilidad política al cesar la insurrección y la disminución de los niveles de violencia en los campos. Esto propició un medio ambiente atractivo a la inversión extranjera unida a una política económica de laissez faire

La inversión extranjera en la industria azucarera era principalmente estadounidense. Según estimados de la banca de New York, en 1919 la inversión norteamericana oscilaba entre el 40 y el 50% de un total de $600 millones de USD en que valoraban la industria cubana. En los estimados se incluían los centrales, equipos ferroviarios y colonias de caña de su propiedad o arrendadas por las empresas2. El total de las inversiones norteamericanas en Cuba en 1911 ascendía a $205 millones de dólares, años más tarde, en 1927, alcanzaba la cifra de $1 140 millones3.

Otro de los elementos que influyó en la expansión de la industria azucarera fue una fuerte corriente migratoria proveniente de Europa, mayormente españoles [96%] y braceros antillanos de Haití y Jamaica dedicados a trabajos agrícolas. Según Julián Alienes, de 1902 a 1930 entraron al país 1 084 000 inmigrantes masculinos y unas 196 000 mujeres4. Estas cifras se aproximan a las de los censos oficiales realizados durante ese periodo de tiempo. Esta inmigración masiva hizo posible el desarrollo acelerado de la industria azucarera ya que el país no poseía la fuerza laboral para emprender tal acción en tan corto tiempo. 

La expansión de la industria azucarera trajo consigo un aumento del ingreso nacional. Al realizar los ajustes por variaciones en los precios, el aumento entre 1903 y 1924 fue de un 250%.5 Esto permitió incrementar la capacidad de importar bienes y servicios, lo que hizo posible cubrir las necesidades de consumo de la población y la industria. Es conveniente señalar que en ese momento Cuba era el clásico ejemplo del principio económico de las “ventajas comparativas”. El país producía el azúcar a un costo que competía favorablemente en los mercados internacionales y obtenía los recursos para adquirir los productos necesarios para su desarrollo económico.

La intervención estatal en la industria azucarera

La Primera Guerra Mundial forzó al Gobierno a iniciar su intervención en la industria azucarera. En 1915 se obligó a los corredores [agentes] de azúcares a cotizar sus ventas en moneda nacional o norteamericana e informar diariamente al Ministerio de Agricultura, Comercio y Trabajo. Esas cotizaciones se utilizaban para el cálculo de los pagos a los colonos.

Las relaciones entre hacendados y colonos fueron objeto de regulaciones en 1921 y 1922. El gobierno amplió su control de los procedimientos en uso para la compensación a los colonos por la caña entregada a los centrales. La Ley No. 2 de 1922 reconoció el derecho del colono sobre sus cañas y cepas en terrenos arrendados y permitió que pudiera poner las cañas y cepas en garantía para obtener financiamiento para sus labores agrícolas.   

Durante la década de 1920 la intervención del gobierno en la industria azucarera fue en aumento. El 2 de mayo de 1926 se aprobó una ley conocida como la Ley Verdeja, que redujo en un 10% los estimados de producción de la zafra en curso. Además, autorizó al Poder Ejecutivo a fijar la fecha de las dos próximas zafras, el monto total de las mismas y las cuotas de producción de cada central. También, obligaba a los ingenios a establecer una proporcionalidad entre las cañas propias [cañas por administración] y la de sus colonos.

El 4 de octubre de 1927 el Congreso aprobó la Ley para la Defensa del Azúcar, conocida popularmente como la Ley Tarafa. Esta ley creó los organismos y procedimientos para regular en mayor grado la industria azucarera. La Comisión para la Defensa del Azúcar estaba a cargo del asesoramiento al Poder Ejecutivo en lo concerniente a la fecha de inicio de la zafra y su volumen; el otro organismo era la Compañía Exportadora de Azúcar de Cuba, S.A. cuya única función era la venta de azúcar en el mercado mundial. Ambos organismos contaban con la participación de los hacendados y en menor grado los colonos.

A lo largo de la década de los años 20 la relación de la industria azucarera con el Gobierno pasó de un estado de no intervención a uno de alta regulación por parte del poder central en respuesta a las sucesivas crisis que enfrentó la industria. Esta participación del Estado se produjo a instancias de los sectores agrícola [colonos] e industrial [hacendados] que según ellos no podían darle solución a las crisis exógenas producidas principalmente por la variación de precios en el mercado internacional y las políticas arancelarias existentes.

La inversión extranjera en la industria azucarera y sus efectos en el país

La clase empresarial azucarera del siglo XIX había sido diezmada por los años de guerras independentistas y la falta de apoyo financiero institucional para implementar la urgente modernización de sus ingenios.

Luego de la pacificación de Cuba, su situación geográfica, que permitía el fácil acceso al mercado norteamericano, fue uno de los elementos que influyó en el movimiento de los capitales extranjeros hacia el país. 

Lamentablemente, los gobernantes cubanos no previeron los impactos, tanto positivos como negativos, que esta transferencia de capital extranjero iba a tener en las estructuras económicas, sociales, y finalmente políticas de la nación. Ellos no prepararon al país para asimilar estas transformaciones en una forma ordenada. 

El llamado “crac bancario” de 1920 fue un claro ejemplo de la ausencia de medidas gubernamentales para resolver la crisis. Las que se tomaron tuvieron un efecto contraproducente. La banca nativa casi desapareció del panorama nacional por más de dos décadas, produciendo un retraso en el desarrollo económico del país.

Debido a la falta de preparación para enfrentar las crisis que se presentaban, se concluyó esta etapa de expansión de la industria azucarera con una gran parte de los medios de producción en manos de empresas extranjeras.  Como era de esperar, el interés primario de estas empresas no era el progreso de la nación cubana sino obtener el mayor rendimiento para sus capitales invertidos.

Ante la imperiosa necesidad de asegurar su materia prima, los grandes centrales de capital extranjero, principalmente en Camagüey y Oriente, fomentaron el cultivo de “caña de administración” eliminando la posible creación de una clase de empresarios independientes agropecuarios que hubieran fortalecido las economías locales. El sistema de cultivo de la caña de azúcar empleado por los grandes centrales provocó el desarrollo del llamado latifundio azucarero y el monocultivo con el consiguiente empobrecimiento de las regiones en que se implantó. El monocultivo retrasó la diversificación del sector agrícola, elemento indispensable para el fortalecimiento de la economía nacional.  

Los grandes centrales de capital extranjero se ubicaron mayormente en las provincias orientales del país debido a la abundancia de terrenos cultivables. La densidad de población en esas provincias era menor que en el resto del país. En el censo de 1899 la densidad de población en las provincias tradicionalmente azucareras era la siguiente: Matanzas 24 habitantes por kilómetro cuadrado [Km²] y Santa Clara 16.7 habitantes por Km². Mientras tanto, la densidad en Camagüey y Oriente era de: 3.3 y 9 habitantes por Km². respectivamente6

Cuando comienzan a operar a plenitud los grandes centrales en las provincias orientales requirieron del gobierno el incremento de la inmigración de haitianos y jamaicanos para realizar labores agrícolas en sus colonias. Solo de 1921 a 1925 entraron 63 973 haitianos y 31 212 jamaicanos7. Los centrales al utilizar esta fuente inagotable de mano de obra barata provocaban el desplazamiento y proletarización del campesino cubano de su región con el consiguiente aumento de las tensiones sociales. 

Una posible solución a la crisis de desempleo del campesino cubano hubiera sido promover programas de asentamiento en terrenos del estado como los que se hicieron con inmigrantes de las Islas Canarias años antes. Desgraciadamente, la inercia e incapacidad de los gobernantes cubanos para enfrentar estos desajustes estructurales hizo posible que las crisis futuras fueran de mayor intensidad.

Notas

  1.  Anuario Azucarero de Cuba 1959 (La Habana: Cuba Económica y Financiera, 1960) págs. 92-93. ↩︎
  2.  Cuba, Review of Commercial, Industrial and Economic Conditions in 1919 (New York: The National City Bank of New York, 1919) pág. 3. Citado en Estudio sobre Cuba (Miami: University of Miami Press, 1963) pág. 449. ↩︎
  3. Estudio sobre Cuba (Miami: University of Miami Press, 1963) pág. 550. ↩︎
  4. Julián Alienes Urosa, Características Fundamentales de la Economía Cubana, Banco Nacional de Cuba (La Habana: Editorial Cenit, 1950) pág. 38. ↩︎
  5. Alienes, pág 52. ↩︎
  6. U.S. Department of War, Census of Cuba, 1899 (Washington: Washington Printing Office, 1900). ↩︎
  7. Ramiro Guerra, Azúcar y Población en las Antillas (La Habana: Cultural, S.A., 1944) pág. 144. ↩︎

¿Cuál es el tamaño real de la economía cubana?

El PIB cubano, según datos oficiales, es de un país desarrollado. Este trabajo propone una estimación más ajustada a la realidad

3–5 minutos


Por: Miguel Alejandro Hayes

El Producto Interno Bruto (PIB) de Cuba fue de 107 352 millones de CUP en 2020 y de 545 218 millones en 2021. Convertir esas cifras a dólares usando la tasa de cambio (TC) oficial 1 × 1 —procedimiento que aún aplican el Banco Mundial y muchos analistas— arroja un PIB per cápita de 10 166 USD en 2020 (nivel similar al de República Dominicana o Brasil) y de 54 196 USD en 2021 (comparable con el de Alemania). Dichas equivalencias chocan con la realidad de una isla que, en esos años, sufrió un agravamiento de la escasez de alimentos, apagones continuos y un salario mínimo que cubría apenas el 30 % de una dieta muy básica para una sola persona.

Por otro lado, pueden hacerse cálculos basados en las tres principales TC: 1 × 25 (oficial tras la Tarea Ordenamiento (TO) para las cuentas del Estado), 1 × 1 (oficial vigente hasta la Tarea Ordenamiento ) y 1 × 70 (mercado informal en 2021). Los resultados (Tabla 1) muestran PIB per cápita de 407 USD (similar al de Afganistán), 743 USD (similar al de Níger) y 2 081 USD (similar al de Haití). De ellas, solo la de 1 × 25 para 2021 parece reflejar la realidad cubana; esa podría ser la TC que explique la economía de 2020 y 2021.

Tabla 1. Elaboración propia

Entre 2020 y 2021, el PIB nominal creció aproximadamente 5 veces, y sus componentes lo hicieron de forma muy desigual: la Formación Bruta de Capital (FBK) aumentó 12 veces, el Consumo Final (CF) cinco y el saldo comercial se derrumbó 69 veces. Asimismo, al desagregar por sectores, las tasas variaron desde 3 % en pesca hasta casi 1 940 % en extracción minera. Esa dispersión contradice los argumentos que atribuyen el crecimiento del PIB a un tipo de cambio único. Por si fuera poco, el comportamiento interno de cada partida del PIB no es uniforme; los macroagregados que lo conforman también están integrados por cuentas que crecen de forma diferente entre sí. (Conviene aclarar que las cantidades físicas aumentarán, en promedio, un 4 % de 2020 a 2021, por lo que el efecto en la variación del valor es marginal).

La única actividad que parece comportarse de modo coherente respecto a una TC de 1 × 25 es el segmento externo, sobre todo porque exportaciones e importaciones se cobran y pagan en USD. Al interactuar directamente con divisas, tiene sentido que sea el que menos distorsione la relación cambiaria y la refleje tal cual en su contabilidad. Sin embargo, el tipo de cambio del sector externo no se deriva de un mercado, sino que es una norma estatal arbitraria; medir toda la economía a partir de 1 × 25 genera distorsiones, es decir, resultados poco realistas.

Ante este problema, existe una vía alternativa: calcular el PIB estimando la identidad contable que iguala demanda global y oferta global, usando datos de comercio exterior. Como Cuba importa aproximadamente el 80 % de los productos que se consumen y aplica márgenes comerciales cercanos al 300 %, se estimó (Tabla 2) el consumo final de bienes en 9 792 millones de dólares (incluido el valor del consumo originado en la producción local).

AñoImportación de bienesValor final de importacionesProducción local para consumo internoServicios importadosServicios de producción localConsumo total de Bienes y servicios
20212,3049216576707.1611836.9519822336.11198
Tabla 2. Elaboración propia

Para el consumo de servicios, pueden estimarse cantidades físicas (agua, electricidad, gas, telefonía, transporte) a partir de precios regionales (Tabla 3). El resultado es de 11 837 millones de USD, de modo que el consumo total de bienes y servicios —incluido el gubernamental— alcanzó 22 336 millones.

Tabla 3. Elaboración propia

La FBK puede estimarse suponiendo el mismo reparto 80/20 entre importaciones y producción local que se observa en el mercado de alimentos. Dado que las importaciones de bienes de capital e intermedios fueron de 6 127 millones, el valor en USD de la FBK asciende a 7 659 millones.

Al sumar estos valores con el balance comercial de 2021, el PIB estimado para ese año se eleva a 29 673  millones de dólares, mientras que el ingreso per cápita es de 2 831 USD. Y si se cambia el supuesto sobre la proporción de producción local de la FBK y se le da un rango que vaya del 10 % al 60 %, el PIB estimado podría llegar a 37 332 millones de USD y la renta por habitante a 3 562 USD (Tabla 4) en el mejor de los casos posibles.

Tabla 4 . Elaboración propia

Aplicado a 2020, el mismo método ofrece (Tabla 5) un PIB per cápita que oscila entre 2 564 y 3 267 USD. Incluso en los escenarios más favorables, Cuba sigue situándose entre los cinco países más pobres de la región.

Tabla 5. Elaboración propia

Las principales limitaciones de este análisis radican en que depende de supuestos sobre la relación entre importaciones y producción local para el mercado interno; además, la desagregación precisa de todos los componentes del PIB exige disponer de muchos datos y no resulta adecuada para valorar con exactitud el impacto de políticas públicas.

En cambio, puede ser útil para calcular tamaños realistas de la economía cubana —una de las más pobres de América Latina— y para demostrar el peligro de ignorar la distorsión cambiaria al medir su PIB. Sobre todo, porque con el uso de cifras oficiales que ofrece el régimen cubano lleva a que muchos análisis, inconscientemente, no muestren el verdadero rostro de la economía de la isla.

La industria azucarera en Cuba a principios del siglo XX

Cómo la intervención estadounidense tras 1898 impulsó la reconstrucción y el posterior auge de la industria azucarera cubana.

9–13 minutos

Por: Francisco J. Díaz Pou

Al finalizar la soberanía de España sobre sus últimas posesiones coloniales en el hemisferio americano en 1898 y asumir los Estados Unidos el control de esos territorios, la nación cubana estaba diezmada. La población de Cuba según el Censo de 1899 realizado por las autoridades norteamericanas de ocupación era de 1 572 797 habitantes1.  

Los análisis demográficos de la época demostraron que hubo un crecimiento apreciable de población entre 1887 y 1895, debido al incremento de la inmigración como resultado de la expansión de la industria azucarera. Sin embargo, la Guerra de Independencia, iniciada el 24 de febrero de 1895, produjo una disminución estimada, de 225.000 a 300.000 habitantes 2 . Esta pérdida de población se atribuye principalmente a la hambruna y epidemias desatadas por la concentración de la población en pueblos y ciudades controladas por las fuerzas armadas españolas. El objetivo de esta medida -la reconcentración- era privar a los insurrectos de todo tipo de apoyo popular e impedirles el acceso a fuentes de abastecimiento al destruir instalaciones y sembrados en territorios alejados del control de las fuerzas coloniales.

La industria azucarera y la Intervención norteamericana

La zafra azucarera de 1899 realizada bajo el Gobierno Interventor norteamericano solo alcanzó 345 872 toneladas métricas3, un descenso apreciable frente a las 1 086 262 producidas en 1894, la zafra previa al inicio de la guerra. La industria azucarera necesitaba una reorganización profunda para asegurar su existencia. En el campo agrícola, los cañaverales habían sido dañados por falta de atención debido a las acciones bélicas de los insurrectos. Además, los animales de trabajo, principalmente bueyes, desaparecieron durante la guerra, lo que impedía el reinicio de las labores agrícolas, la cosecha y el transporte – el llamado corte y tiro- de la caña hacia los centrales.  Las autoridades conscientes de la crisis facilitaron la adquisición de ganado vacuno, aunque de forma limitada, favoreciendo su importación principalmente desde Méjico.

La economía cubana dependía de los mercados externos para colocar sus productos principales -el azúcar y el tabaco- y para abastecer sus necesidades. El estado de las relaciones comerciales internacionales, en especial con los Estados Unidos e Inglaterra, estaba también en crisis. El azúcar proveniente de Cuba pagaba un arancel de 1.685 centavos de dólar por libra a su entrada en los Estados Unidos. Desde abril de 1899 el azúcar importado desde Puerto Rico y las Filipinas no estaba sujeto a este arancel. En el caso de la Gran Bretaña, el sistema de subsidios prevalente en los países europeos productores de azúcar de remolacha eliminaba a Cuba del mercado inglés. Además, los precios en el mercado estadounidense se mantenían bajos debido a la amplia oferta de azúcar proveniente de Java y de Europa.

Tanto el secretario de la Guerra, Elihu Root4, como el Gobernador Militar, General Wood5, quien había sustituido al General Brooke como Gobernador de la Isla, el 20 de diciembre de 1899, señalaron en sus respectivos informes la importancia de eliminar los aranceles impuestos a los productos cubanos para que el país pudiera iniciar su recuperación económica. 

A finales de 1899 se comenzó a gestar un movimiento en La Habana para promover la recuperación de la industria azucarera. Uno de sus objetivos era la eliminación de las barreras arancelarias impuestas por el gobierno norteamericano al azúcar cubano. Durante los años 1900 y 1901 varias comisiones de este grupo visitaron Washington. Ellos contaban con el respaldo del Gobernador Wood, así como del secretario Root.

La posición del poder ejecutivo norteamericano fue finalmente establecida cuando el presidente Theodore Roosevelt en su Mensaje a la Nación de 1901 presentado al Congreso lo urgió a conceder a Cuba, en materia comercial, un tratado que le permitiera iniciar el proceso de desarrollo económico y social necesario para lograr su estabilidad.   

Mientras esto ocurría en el plano económico, el Gobernador Wood ordenó el 25 de julio de 1900 la celebración de comicios para elegir delegados a una Convención encargada de redactar una Constitución que rigiera los destinos de la república independiente.

A principios de marzo de 1901 el Congreso norteamericano aprobó una enmienda al presupuesto del Ejercito presentada por el senador Orville Platt. La enmienda reflejaba el deseo del gobierno norteamericano de garantizar la seguridad de sus fronteras al impedir el acceso de potencias extracontinentales a territorios cercanos.  Estas preocupaciones -plasmadas en la Enmienda Platt- se materializaron sesenta años después, cuando el régimen de Fidel y Raúl Castro alentó y permitió la entrada en territorio cubano de tropas soviéticas con armas nucleares, hecho que desató la crisis de los misiles de octubre de1962 que hubiera provocado un cataclismo global.

Una parte sustancial de la opinión pública cubana consideraba que incluir la Enmienda Platt como documento adjunto a la Constitución era nocivo para la soberanía nacional. Esto fue planteado en las sesiones de la Asamblea Constituyente, pero ante la inflexibilidad de la posición estadounidense, la Asamblea tuvo solo dos opciones: la ocupación militar -como en Filipinas y Puerto Rico- o la inclusión de la Enmienda Platt como documento adjunto a la Constitución. El 12 de junio de 1901, la inclusión de la enmienda se aprobó con dieciséis votos a favor y once en contra.

La expansión azucarera en la era republicana

El 12 de diciembre de 1902 ya con una Cuba independiente, entró en vigor el Tratado de Reciprocidad que colocó al país en posición ventajosa para competir con el azúcar que ingresaba al mercado norteamericano. Este trato arancelario preferencial, junto con la pacificación del territorio nacional, el desarrollo de las comunicaciones -carreteras, ferrocarriles, telégrafo- y la erradicación de la fiebre amarilla creó condiciones para un aumento de la inversión extranjera en la industria azucarera y otras áreas económicas relacionadas con la misma. 

Como complemento esencial para el desarrollo económico del país se produjo un dramático aumento de la inmigración en el periodo iniciado desde el establecimiento del gobierno Interventor en 1899 hasta 1931 cuando la Gran Depresión frenó el auge económico global.

Al inicio de la República, el 20 de mayo de 1902, la zafra concluyó con 876 000 toneladas métricas de azúcar6 , sin igualar los niveles de producción de la zafra de 1894. En la zafra del 1902 participaron 171 centrales, la mayoría de los cuales estaban siendo sometidos a un proceso de reparación y modernización.  

Durante el Gobierno de Ocupación (1899-1902) diecisiete centrales con tecnología moderna se sumaron a las zafras: diez eran de empresas cubanas, seis estadounidenses y una española. Los seis centrales de capital estadounidense fueron precursores de grandes unidades productoras que, en los años siguientes se establecieron principalmente en las provincias de Camagüey y Oriente, capaces de producir un millón de sacos de azúcar por zafra. Ver Cuadro 1.

Desde el inicio de la República hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial la industria azucarera siguió expandiéndose. La zafra de 1905 superó la de 1894 con una producción de 1 209 000 toneladas métricas de azúcar7; participaron 174 centrales, cuatro de ellos recién incorporados (tres norteamericanos y uno cubano). La zafra de 1914 concluyó con una producción de 2 695 000 toneladas métricas de azúcar con 173 centrales participando. Durante los doce primeros años de República la producción anual azucarera se incrementó en un 207,5 % a pesar de que el número de centrales se mantuvo relativamente estable, prueba del impacto de la modernización tanto agrícola como industrial que se estaba implementando.

Se consolida la expansión azucarera

El estallido de la Primera Guerra Mundial en Europa aceleró la expansión de la industria azucarera cubana: los grandes países productores de azúcar de remolacha en Europa se envolvieron directamente en el conflicto. La Alemania Imperial, así como los Imperios Ruso y Austro-Húngaro vieron afectados sus respectivas industrias azucareras. La región remolachera francesa se convirtió en el campo de batalla de los ejércitos en pugna. De una producción de 805 000 toneladas en 1913-14 solo unas 100 000 se elaboraron en 1918-19198. La producción mundial de azúcar de remolacha cayó de 9 053 000 toneladas en 1913-1914 a 3 350 000 toneladas en 1919-19209

Cuba se convirtió en el suministrador confiable del mercado norteamericano debido a su eficiencia industrial y costos competitivos. En 1918 las entregas de azúcar cubano cubrieron el 53,8% del mercado norteamericano. 

Algunos elementos que hacían posible el aumento de su capacidad productiva, aparte de la inversión en nuevas técnicas de producción, eran: abundancia de tierra y una inmigración continua de haitianos, jamaicanos y europeos. Los inmigrantes del Caribe se ocupaban principalmente de labores agrícolas en las colonias de Camagüey y Oriente mientras que la parte industrial y de servicios fue satisfecha por inmigrantes europeos. Se estima que el 96% de los europeos eran españoles. 

Este crecimiento extraordinario fue financiado por la inversión extranjera principalmente norteamericana y un clima político nacional que la promovía. Según Ramiro Guerra, el hacendado individual casi desaparece en esta expansión azucarera y es sustituido por la corporación que es capaz de obtener recursos financieros de sus accionistas y el mercado de capital extranjero para construir grandes centrales. Se acentuó la concentración de centrales, pero se incrementó su producción.

La mayoría de estos nuevos centrales se ubicaron en las antiguas provincias de Camagüey y Oriente cuya densidad de población era inferior al resto del país y tenían extensas áreas de tierra cultivable. El método empleado generalmente fue el de fomentar colonias administradas directamente por la empresa o contratar a personas que se encargaran de esa función con un contrato de arrendamiento obligándolos a suministrar la caña al central. El control de la operación garantizaba una molienda constante y eficiente y evitaba que los colonos que al operar en tierras propias podían ofrecer sus cañas al mejor postor. Esa fue la razón fundamental que motivó a los grandes centrales azucareros el desarrollo de los que se comenzó a llamar el latifundio azucarero. En la zafra de 1925 los 183 centrales que participaron controlaban más de 170 873 caballerías de tierra, equivalentes a 22 931 kilómetros cuadrados, que representaban alrededor del 20% de la superficie del país10

La Danza de los Millones

A principios de 1917 Cuba inicia su participación nominal en la Primera Guerra Mundial junto a los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Canadá y otros aliados. La contribución cubana al esfuerzo bélico fue entregar su enorme producción azucarera. Esta acción fue muy apreciada por los Aliados ya que contribuyó a la alimentación de la población y también era un ingrediente importante en la fabricación de explosivos. Las zafras de 1918 y 1919 fueron vendidas en su totalidad a las entidades gubernamentales de los Aliados a precios inferiores a los que regían en el mercado mundial.

Desde finales de 1919 hasta mayo de 1920 los precios del azúcar alcanzaron niveles inesperados. En diciembre de 1919 concluyeron los contratos de venta de azúcar con las entidades gubernamentales norteamericanas y se reintrodujo el sistema de libre importación de azúcar. Esta nueva realidad del mercado unido al anuncio que se esperaba una disminución de la zafra de Cuba de menos de 600 000 toneladas métricas causado por la sequía, produjo un movimiento de alza de precios en Nueva York llegándose a pagar 23,57 centavos por libra el 19 de mayo de 1920. 

La tendencia alcista de precios se produjo en medio de la molienda, manteniéndose el precio del azúcar por encima de los 12 centavos de dólar por libra durante toda la zafra. Los colonos recibían el pago al precio del azúcar en los mercados internacionales correspondiente a la quincena en que entregaban las cañas al central. Esta situación produjo unos ingresos extraordinarios entre los colonos. Los obreros también se beneficiaron de los altos niveles de precios. Esta época fue conocida popularmente como “La Danza de los Millones”.

Los altos niveles de precios alcanzados en mayo de 1920 no se mantuvieron en los mercados internacionales y para el 28 de septiembre estaba a 10 centavos de dólar, el 31 de diciembre el azúcar se cotizaba a 5.32 centavos de dólar.

Esta desastrosa caída de precios provocó una crisis financiera que arrasó con la naciente banca comercial cubana; solo sobrevivió la banca internacional, principalmente norteamericana, que tenía la capitalización necesaria para enfrentar la crisis. Esto afectó la estabilidad de la industria azucarera lo que llevó a figuras importantes del país a considerar una reforma del modelo de desarrollo nacional en el que el azúcar jugaba un papel central.

Fuente: Anuario Azucarero de Cuba 1959, Cuba Económica y Financiera, La Habana, 1960.

Aunque algunos de estos centrales no molieron caña durante la crisis que sufrió la industria en la década de los 1930 todos estaban activos en la década de los 1950s.

*El único central que no reportó actividad durante la zafra de 1958 fue el Central Cabo Cruz, situado en Cabo Cruz, antigua provincia de Oriente en las estribaciones de la Sierra Maestra.

Notas:

  1.  U.S. Department of War, Census of Cuba, 1899. Washington, Government Printing Office, 1900. ↩︎
  2. Thomas, Hugh, Cuba: The Pursuit of Freedom. Harper and Row, 1971, pág. 423. ↩︎
  3.  Guerra, Ramiro: Azúcar y Población en las Antillas. Habana, Cultural, 1927, pág. 229 ↩︎
  4. The Military and Colonial Policy of the United States, Addresses and Reports, by Elihu Root, Collected and Edited by Robert Bacon and James Brown Scott, Cambridge, Harvard University Press, 1916, p. 174. Citado por Estudio sobre Cuba, University of Miami, 1963, p. 332. ↩︎
  5.  Civil Report of Cuba Military Governor, 1902, p. 11. Citado por Estudio sobre Cuba, University of Miami, 1963, p. 334. ↩︎
  6.  Anuario Azucarero de Cuba 1959, Cuba Económica y Financiera, La Habana, 1960, págs. 92 y 93. ↩︎
  7.  Ídem. ↩︎
  8.  Estudio sobre Cuba, University of Miami, 1963, pág. 445. ↩︎
  9. Anuario Azucarero de Cuba 1959, Cuba Económica y Financiera, La Habana, 1960, pág. 203. ↩︎
  10. Comisión Nacional de Estadísticas de Cuba, La Habana, mayo 1927. Citado por Ramiro Guerra, Azúcar y Población en las Antillas, 3ª. edición, Cultural, S.A., La Habana, 1944, pág. 81. ↩︎